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jueves, 13 de diciembre de 2007
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La Renovación Carismática
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LA RENOVACIÓN EN LA IGLESIA ACTUAL

En cierta ocasión, dando una charla sobre la Renovación carismática, se levantó alguien al terminar y me espetó lo siguiente: "Ustedes piensan, por lo que veo, que el Espíritu Santo es propiedad privada de su grupo. Me parece intolerable el monopolio del Espíritu que ustedes ostentan". Me daba la impresión, por las caras, que el resto del auditorio estaba de acuerdo con esta persona. Entonces yo pregunté dirigiéndome a todos: "¿De verdad creen que lo que yo he dicho les roba a ustedes su Espíritu Santo?". Hubo un silencio embarazoso. Una mujer contestó: "Yo ni tengo idea ni experiencia del Espíritu Santo y, además, nadie me ha hablado nunca de tal personaje". Se alzó un murmullo de conversaciones entrecruzadas, se distendieron los gestos y, al final, la gran mayoría confesaron que no tenían idea del Espíritu Santo ni lo habían echado en falta para vivir su vida cristiana.

Este diálogo lo tuve hace años al poco tiempo de entrar en la Renovación carismática. Tengo que confesar también que, antes de esa entrada, a pesar de llevar ya bastantes años de sacerdocio, tampoco yo consideraba al Espíritu Santo como un personaje activo e importante en mi vida espiritual. Lo había estudiado en clase de teología y lo sabía, pero ahí se quedó todo. También tengo que decir con valentía que en mi juventud no se me habló experimentalmente de ello ni encontré personas (o no lo supe ver) dotadas de poder de convicción en esta línea, en las que brillaran manifestaciones especiales del Espíritu. No es extraño, por tanto, que el impacto que hizo en mí la efusión del Espíritu me creara una especie de celo desmedido de "neoconverso", que causara a los oyentes la sensación de monopolio.
No se trata, sin embargo, de descalificar a nadie, ni siquiera a mí mismo. El pretendido monopolio de la Renovación no es otra cosa que la alegría de un redescubrimiento que le pertenece a toda la Iglesia, como vamos a ver en este capítulo. Dios no tiene acepción de personas ni el Espíritu Santo hace discriminaciones. En todo caso, las razones últimas de las cosas le pertenecen a Él, no a nosotros. Pero lo cierto es que ha habido tiempos en que la presencia del Espíritu en la Iglesia parecía, a nuestro corto entender, que estaba en baja. Ahora nos da la sensación de que había como una especie de ausencia, al menos ausencia de fuertes manifestaciones carismáticas, que en otros momentos han sido el dedo y el sello del Espíritu en su Iglesia.
Ausencia de carismas
El tema viene de lejos. San Juan Crisóstomo, muerto en el año 407, es el primero en notar en su tiempo la ausencia de los grandes carismas extraordinarios de que nos hablan la Palabra de Dios y la Iglesia primitiva. El mejor exponente de esto es San Marcos: "Id por todo el mundo y predicad la Buena Nueva a toda la creación. Los que crean y se bauticen se salvarán; los que no crean se condenarán. A los que crean les acompañarán estas señales: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, aunque beban veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se curarán" (Mc. 16,15-18). Estos y todos los otros signos extraordinarios que se mencionan en la Escritura, sobre todo en San Pablo, que da un testimonio fehaciente de su existencia en la Iglesia primitiva, parece que no existían ya en el siglo IV, en tiempos de San Juan Crisóstomo. Pero éste racionaliza esta ausencia y, con ello, marca la pauta para posteriores interpretaciones del tema a lo largo de los siglos. Justifica la existencia de carismas en la Iglesia primitiva o incluso la concesión a personas indignas de estos dones apelando a la necesidad, acuciante al comienzo de la Iglesia, de difundir la Palabra de Dios por todas partes. Los carismas, por ejemplo los milagros, eran necesarios como signos de credibilidad para confirmar la fe que se proclamaba: "Un buen agricultor, mientras un árbol nuevo recién plantado es todavía tierno, le presta grandes cuidados, lo rodea de piedras y espinos para que no le arranque el viento; pero quita esas defensas tan pronto como ve que el árbol ha echado raíces y va creciendo, pues la planta ya es capaz de hacer frente por sí misma a los peligros. Lo mismo sucede con la fe. Cuando estaba recién plantada y era todavía tierna, cuando acababa de arraigar en los espíritus humanos, necesitaba todo género de cuidados; pero, una vez que se ha estabilizado, ha arraigado y crecido, Cristo quita las defensas y demás medidas de seguridad. Por eso, los carismas eran concedidos también a los indignos, porque la antigüedad necesitaba esa ayuda para fomentar la fe; pero ahora no son concedidos ni siquiera a los dignos, porque la fuerza y firmeza de la fe no necesita ya ese auxilio" (PG. 51,81).
El Crisóstomo concibe los carismas, como se ve, en sentido estricto, no como efusiones o frutos del Espíritu, ni siquiera como carismas ordinarios sino en la línea de San Pablo, como manifestaciones del Espíritu gratuitas y extraordinarias con el fin de construir la comunidad y edificar la Iglesia. Estas reflexiones del Crisóstomo marcaron pauta, pues a partir de él hasta ahora, la teología y la pastoral, en contraposición a lo que sucedió en los siglos primeros, han recluido los carismas en el baúl de los recuerdos y, en algunos casos, los han llegado a temer y menospreciar.
En San Juan Crisóstomo la nostalgia, sin embargo, aún estaba viva. Comentando ciertos relatos carismáticos de San Pablo y relacionándolos con su tiempo escribe: "¿Se puede concebir algo más triste? La Iglesia estaba entonces en la gloria, el Espíritu la gobernaba como dueño". Un poco más adelante continúa: "La Iglesia ahora se parece a una mujer que ha perdido su antigua hermosura y conserva sólo vestigios de su anterior felicidad; de sus joyas de oro no le quedan más que los cofres y estuches, pues han desaparecido sus riquezas. Así es ahora la Iglesia". A pesar de la nostalgia sigue en sus trece cuando termina diciendo: "No me refiero sólo a la falta de carismas, pues no sería grave si sólo se tratara de eso, sino también a causa de la vida y las virtudes" (PG. 61,312).
A lo largo de los siglos