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LA RENOVACIÓN EN LA IGLESIA ACTUAL
En cierta ocasión, dando una charla sobre la Renovación carismática, se levantó alguien al terminar y me espetó lo siguiente: "Ustedes piensan, por lo que veo, que el Espíritu Santo es propiedad privada de su grupo. Me parece intolerable el monopolio del Espíritu que ustedes ostentan". Me daba la impresión, por las caras, que el resto del auditorio estaba de acuerdo con esta persona. Entonces yo pregunté dirigiéndome a todos: "¿De verdad creen que lo que yo he dicho les roba a ustedes su Espíritu Santo?". Hubo un silencio embarazoso. Una mujer contestó: "Yo ni tengo idea ni experiencia del Espíritu Santo y, además, nadie me ha hablado nunca de tal personaje". Se alzó un murmullo de conversaciones entrecruzadas, se distendieron los gestos y, al final, la gran mayoría confesaron que no tenían idea del Espíritu Santo ni lo habían echado en falta para vivir su vida cristiana.
Este diálogo lo tuve hace años al poco tiempo de
entrar en la Renovación carismática. Tengo que confesar también que,
antes de esa entrada, a pesar de llevar ya bastantes años de
sacerdocio, tampoco yo consideraba al Espíritu Santo como un personaje
activo e importante en mi vida espiritual. Lo había estudiado en clase
de teología y lo sabía, pero ahí se quedó todo. También tengo que decir
con valentía que en mi juventud no se me habló experimentalmente de
ello ni encontré personas (o no lo supe ver) dotadas de poder de
convicción en esta línea, en las que brillaran manifestaciones
especiales del Espíritu. No es extraño, por tanto, que el impacto que
hizo en mí la efusión del Espíritu me creara una especie de celo
desmedido de "neoconverso", que causara a los oyentes la sensación de
monopolio.
No se trata, sin embargo, de descalificar a nadie, ni siquiera a mí
mismo. El pretendido monopolio de la Renovación no es otra cosa que la
alegría de un redescubrimiento que le pertenece a toda la Iglesia, como
vamos a ver en este capítulo. Dios no tiene acepción de personas ni el
Espíritu Santo hace discriminaciones. En todo caso, las razones últimas
de las cosas le pertenecen a Él, no a nosotros. Pero lo cierto es que
ha habido tiempos en que la presencia del Espíritu en la Iglesia
parecía, a nuestro corto entender, que estaba en baja. Ahora nos da la
sensación de que había como una especie de ausencia, al menos ausencia
de fuertes manifestaciones carismáticas, que en otros momentos han sido
el dedo y el sello del Espíritu en su Iglesia.
Ausencia de carismas
El tema viene de lejos. San Juan Crisóstomo, muerto en el año 407, es
el primero en notar en su tiempo la ausencia de los grandes carismas
extraordinarios de que nos hablan la Palabra de Dios y la Iglesia
primitiva. El mejor exponente de esto es San Marcos: "Id por todo el
mundo y predicad la Buena Nueva a toda la creación. Los que crean y se
bauticen se salvarán; los que no crean se condenarán. A los que crean
les acompañarán estas señales: en mi nombre expulsarán demonios,
hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, aunque
beban veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos
y se curarán" (Mc. 16,15-18). Estos y todos los otros signos
extraordinarios que se mencionan en la Escritura, sobre todo en San
Pablo, que da un testimonio fehaciente de su existencia en la Iglesia
primitiva, parece que no existían ya en el siglo IV, en tiempos de San
Juan Crisóstomo. Pero éste racionaliza esta ausencia y, con ello, marca
la pauta para posteriores interpretaciones del tema a lo largo de los
siglos. Justifica la existencia de carismas en la Iglesia primitiva o
incluso la concesión a personas indignas de estos dones apelando a la
necesidad, acuciante al comienzo de la Iglesia, de difundir la Palabra
de Dios por todas partes. Los carismas, por ejemplo los milagros, eran
necesarios como signos de credibilidad para confirmar la fe que se
proclamaba: "Un buen agricultor, mientras un árbol nuevo recién
plantado es todavía tierno, le presta grandes cuidados, lo rodea de
piedras y espinos para que no le arranque el viento; pero quita esas
defensas tan pronto como ve que el árbol ha echado raíces y va
creciendo, pues la planta ya es capaz de hacer frente por sí misma a
los peligros. Lo mismo sucede con la fe. Cuando estaba recién plantada
y era todavía tierna, cuando acababa de arraigar en los espíritus
humanos, necesitaba todo género de cuidados; pero, una vez que se ha
estabilizado, ha arraigado y crecido, Cristo quita las defensas y demás
medidas de seguridad. Por eso, los carismas eran concedidos también a
los indignos, porque la antigüedad necesitaba esa ayuda para fomentar
la fe; pero ahora no son concedidos ni siquiera a los dignos, porque la
fuerza y firmeza de la fe no necesita ya ese auxilio" (PG. 51,81).
El Crisóstomo concibe los carismas, como se ve, en sentido estricto, no
como efusiones o frutos del Espíritu, ni siquiera como carismas
ordinarios sino en la línea de San Pablo, como manifestaciones del
Espíritu gratuitas y extraordinarias con el fin de construir la
comunidad y edificar la Iglesia. Estas reflexiones del Crisóstomo
marcaron pauta, pues a partir de él hasta ahora, la teología y la
pastoral, en contraposición a lo que sucedió en los siglos primeros,
han recluido los carismas en el baúl de los recuerdos y, en algunos
casos, los han llegado a temer y menospreciar.
En San Juan Crisóstomo la nostalgia, sin embargo, aún estaba viva.
Comentando ciertos relatos carismáticos de San Pablo y relacionándolos
con su tiempo escribe: "¿Se puede concebir algo más triste? La Iglesia
estaba entonces en la gloria, el Espíritu la gobernaba como dueño". Un
poco más adelante continúa: "La Iglesia ahora se parece a una mujer que
ha perdido su antigua hermosura y conserva sólo vestigios de su
anterior felicidad; de sus joyas de oro no le quedan más que los cofres
y estuches, pues han desaparecido sus riquezas. Así es ahora la
Iglesia". A pesar de la nostalgia sigue en sus trece cuando termina
diciendo: "No me refiero sólo a la falta de carismas, pues no sería
grave si sólo se tratara de eso, sino también a causa de la vida y las
virtudes" (PG. 61,312).
A lo largo de los siglos
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