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jueves, 13 de diciembre de 2007
Índice del Artículo
La Renovación Carismática
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¿En qué basaban la credibilidad de la Iglesia? Según el Vaticano I, la Iglesia es un perpetuo signo de credibilidad a causa de su unidad, fecundidad, estabilidad y santidad. Esto mismo es lo que estudiamos antes del Vaticano II en los tratados de apologética, sin el menor atisbo en todos ellos de un aprecio consecuente de los carismas extraordinarios, mencionados únicamente a título histórico. Una, santa, católica y apostólica. Naturalmente, esto es una verdad preciosa de la Iglesia pero, aparte de no excluir en absoluto otras manifestaciones carismáticas, tiene la desventaja de que dado que otros hechos están siempre ante nuestra vista, terminamos acostumbrándonos a ellos y dejan de motivar la fe.
Una nueva época
¿Qué es lo que ha motivado un repentino e inesperado aprecio y resurgir de los carismas extraordinarios? ¿Ha cesado de espantar el sobrenaturalismo? Es evidente que en estas épocas pasadas había un gran temor a equivocarse pero, por otra parte, la Iglesia, sometida también a la influencia del despotismo de la razón ilustrada, acorralada por críticas a veces rabiosas incluso contra los propios fundamentos de sí misma, ha sentido el complejo de lo no racional, la vergüenza de tener que expresarse en términos de sobrenaturalidad. Por eso, acorazó sus murallas, se ha atrincherado en la estructura y ha caminado a la defensiva con pies de plomo. El Vaticano II ha significado la toma de posesión de sí misma, se ha hecho de nuevo consciente de sus propias fuerzas ante el mundo y desde esa seguridad es capaz no sólo de enfrentarse al mundo sino de ponerse a su servicio.
La Iglesia ha salido de la época de cristiandad y tiene que enfrentarse a un mundo nuevo, secularizado, pagano y ateo. Ya no tiene los apoyos legales e institucionales que le prestaban en otros momentos los estados y tiene que abordar, para seguir siendo fiel a sí misma, un mundo recalcitrante que ha buscado otros dioses como: la razón, el humanismo, el progreso, la técnica. El mundo ha querido salvarse por sí mismo, ha construido sus torres de Babel y se ha encontrado con un estrepitoso y sangrante fracaso, con dos guerras mundiales y asesinatos en masa, que dieron al traste con todas las ilusiones humanistas. El existencialismo dio expresión a este fracaso hablando de náusea, asco, desesperanza y angustia vital. El hombre es un imposible, un ser para la nada y una pasión inútil.
Estas expresiones han sido experiencias vivas en varias generaciones y de ahí ha surgido la búsqueda de unos nuevos contenidos de salvación. El hombre siempre se resistirá a morir.
Vivencia fenomenológica
Hay un tema que para mí es muy querido y me da la clave para entender y disfrutar muchas cosas de la Renovación. Se trata de la filosofía fenomenológica. Una chiquilla de 14 años le dice a su padre con aplomo: "No voy a la iglesia porque la misa no me dice nada". Otro joven te cuenta que le aburren las clases, la catequesis... "¿Dios? Me parece un rollo todo lo que oigo sobre él". En cierta ocasión estaba una sobrina mía de unos 17 años con su abuela, que no podía ya moverse de casa. La muchacha le preguntó: "Abuela, ¿usted no se aburre?" "Pero, hija, le respondió, eso de aburrirse es una cosa vuestra. Yo nunca oí esa palabra hasta que tuve por lo menos cincuenta años. Antes nunca nos aburríamos ni se hablaba de eso".
Yo estaba allí cuando sucedió este diálogo. Me impresionó esta respuesta. No sé si es verdad o mentira lo que decía esta abuela. Lo que sé es que vivimos en un mundo en que se valoran sobre todo las experiencias, las vivencias. Necesito tener vivencia de las cosas, de lo contrario como si no existieran para mí. Dios, o es una experiencia en mí o no me interesa. No me valen las razones, los grandes principios. Hoy, a nadie le interesa la verdad en abstracto, a la gente le interesa tu verdad, tu experiencia de las cosas, tu testimonio. Si habla un sacerdote preciosidades teóricas sobre las cosas más divinas, a nadie le interesa nada. Empieza verdaderamente a interesar cuando a través de las palabras se capta una experiencia vivida. El hombre que trasmite fe llega a la gente.
Antes había que ir a misa porque la misa es una cosa objetivamente buena. A la gente se la educaba en una serie de principios, normas y estructuras válidas en sí mismas. Hoy las objetividades no motivan a nadie. La gente quiere experimentarlo todo y cuando hay un vacío de experiencias positivas se cae en la experiencia negativa del aburrimiento. Nuestra época es capaz de la más grande experiencia mística, pero también de otras experiencias tan desoladoras y degeneradoras como la de la droga o autodestrucción.
Esta es la filosofía básica del siglo XX. En ella hemos crecido casi sin darnos cuenta. Este talante vivencial es capaz de proporcionarnos sufrimientos interiores como tal vez ninguna otra época de la historia los ha tenido; pero también es capaz de abrirnos a un mundo de posibilidades de experiencias bellas. Para muchos, por ejemplo, la más bella de todas las experiencias es la de Dios, vivenciado a través de la Renovación carismática. La filosofía de nuestro tiempo ha posibilitado mucho la vivencia de una religión experimental. En ella, Dios ha dejado de ser una abstracción y se ha hecho vida. Dios se ha transformado en una persona y es con las personas donde se tienen verdaderamente las vivencias. Dios se ha convertido en un Jesús vivo, resucitado, real, experimentado por su Espíritu.
Talante carismático
Por eso, hoy vivimos en una época del Espíritu. El Espíritu es el aliento de Dios, la acción de Dios, la energía de Dios, el amor de Dios actuando en nosotros. El Espíritu es la experiencia de Dios viva. Hoy apenas se puede predicar una religión de objetividades, normas y verdades. Ni la recitación del credo motiva fuertemente a la gente. Todo esto hay que pasarlo por una vivencia personal, hay que experimentarlo. Por eso, el Espíritu se ha hecho presente en medio de su pueblo. Ahora no podemos llegar a Dios por medio de ideas y doctrinas sino por medio de Espíritu y de experiencia.
La Renovación carismática ha recogido el más hondo aliento filosófico de nuestra época, que es un aliento vital y le ha hecho religioso y le ha puesto en comunicación con Dios. En ella Dios se hace sensible al corazón y entra de nuevo en la perspectiva y el horizonte humano. El Evangelio deja de ser una dogmática y se hace pueblo y vida y surgen de nuevo los milagros. Escuchas a la gente compartir testimonios y experiencias que son vida y hacen a Dios muy cercano. En otras épocas el Señor tenía sus caminos y métodos para llegar a la gente, según los aspectos culturales de cada momento; ahora el Espíritu se ha hecho coetáneo y nos habla con el lenguaje que mejor entendemos, que es el de las experiencias. Hace un rato hablaba de que han vuelto los carismas extraordinarios a la Iglesia. ¿Cómo no? No sólo se dan, se necesitan en la entraña del ser de este hombre del siglo XX. Necesitamos los carismas, que son signo de una presencia viva y consoladora de Dios. Necesitamos una presencia viva y consoladora de Jesucristo, que no nos la da ninguna doctrina. Necesitamos ver que se levanta un paralítico en medio de la asamblea, que alguien proféticamente ilumina un hecho torturador de tu pasado, necesitamos palabras de conocimiento, necesitamos una fe nueva que se desembarace de tantos tabúes y ponga a la razón y a su ilustrado espíritu en su sitio. El nuevo talante carismático, eclesial, se basa en un bello fruto del Espíritu, que a veces es carisma y se llama fe. No es exactamente la fe teologal. Es la fe que mueve las montañas. Es una disposición interior que sólo puede provenir del Espíritu por la que se está presto a creer que Dios lo puede hacer todo en este momento, aquí y ahora. Esta fe es una forma de mirar la vida, que hace absolutamente concreta y detallada la esperanza. Esta fe provoca una forma de orar viva y sentida. Esta fe hace que una asamblea perciba al Espíritu de Jesús resucitado casi físicamente. Esta fe nos proporciona la actitud interior necesaria para que suceda el milagro. La fe es, pues, un carisma pasivo, tan importante para que suceda el signo como el carisma del sanador.
Yo soy plenamente consciente de que esta fe puede degenerar en credulidades y en mil aberraciones; pero también soy consciente de que la mayor aberración es que no exista. Y es que esta fe es la crema de la tarta. Generalmente los miedos a estas cosas provienen de trasteros no habitados por el Espíritu. El Espíritu, el verdadero Espíritu, lo hace todo muy sencillo y acepta a cada uno como es, preserva la paz y unge sus acciones con elegancia y sobriedad. ¡Qué bella es una oración de sanación cuando va creciendo esta fe y se va sintiendo la presencia de Dios como algo real!
Pero, por lo demás, por si alguno continúa con sus miedos, sepa que la Renovación carismática clama por sus pastores. Necesita pastores. Este mismo vivir en el filo y en la cresta de la ola de la fe da sentido a la función del obispo, requiriendo un discernimiento inspirado. Igualmente reclama el ministerio del sacerdote, el cual, al dar y al darse, recibe mucho más puesto que se le da un pueblo vivo. Un sacerdote sin pueblo es como un médico sin enfermos.
Testimonio de los Papas
San Juan Crisóstomo decía con nostalgia que la Iglesia de su tiempo se parecía a una bella dama, envejecida por el paso de los años, que había perdido no sólo el adorno de sus joyas y brillantes sino hasta las ganas de arreglarse y ponerse guapa. Este hombre, al no encontrar salida al problema, lo único que se le ocurrió decir fue que la tal dama ya no necesita pulseras ni joyas.
En la Iglesia del siglo XX, sin embargo, a partir del Vaticano II ha soplado otro Espíritu. Son precisamente los Papas los que primero y mejor han formulado esta necesidad de nuestro pueblo. Esta necesidad es uno de los grandes signos de nuestro tiempo. Juan XXIII, en vísperas del Vaticano II, dirigía al Espíritu Santo una plegaria en la que le decía que renovara "en nuestra época, como en un nuevo Pentecostés, sus maravillas" (AAS. 54,13). Ahora nos parece normal que un Papa haga eso pero, sin embargo, Juan XXIII rompía de esa forma con una tradición de más de quince siglos. Pablo VI, poco después, continuaba en la misma línea: "La condición del hombre presupone que el prodigio de Pentecostés continúe en la historia de la Iglesia y del mundo, y ello en su doble modalidad, a saber: como don del Espíritu Santo, concedido a los hombres para santificarlos (gracia santificante); y también como manifestación del Espíritu, para enriquecerlos con prerrogativas especiales (gracias gratis datae) o carismas, en orden al bien del prójimo y especialmente de la comunidad de los fieles. Hoy se habla mucho de esto y, aún teniendo en cuenta la complejidad y delicadeza del tema, no podemos por menos dejar de celebrar que Dios conceda todavía a su pueblo una abundancia, no sólo de gracia, sino también de carismas (Insegnamenti di Paolo VI, XII,938).
En su exhortación sobre la alegría cristiana aludiendo a la expresión "Nuevo Pentecostés" de Juan XXIII que acabamos de citar, decía que deseaba situarse en la misma perspectiva y en la misma expectación. Y esto, "no porque Pentecostés haya dejado de ser actual a lo largo de toda la historia de la Iglesia, sino porque son tan grandes las necesidades y los peligros de este siglo, tan amplios los horizontes de una humanidad volcada hacia la coexistencia mundial pero impotente para realizarla, que para ella no hay salvación más que en una nueva efusión del don de Dios. Que el Espíritu Santo descienda para renovar la faz de la tierra" (Op.Cit. XIII,471).
Sigue Pablo VI: "Sería maravilloso que el Señor tuviera a bien derramar de nuevo sus carismas en abundancia para hacer capaz a la Iglesia de despertar y sacudir al mundo profano y secularizado" (Ibidem, XIII,939). Bellamente en otra audiencia dijo: "Es necesario orar para que venga ese soplo oxigenante del Espíritu...capaz de suscitar carismas dormidos, de infundir ese sentido de vitalidad y gozo que, en todas las épocas de la historia, hace que su Iglesia sea joven y actual, que esté dispuesta a anunciar con alegría a los tiempos nuevos su eterno mensaje" (Ib. XI,1224).
Finalmente es de notar que la Iglesia actual ha tomado conciencia, no sólo en la palabra de su cabeza visible, de la necesidad de una intervención extraordinaria del Espíritu. La Liturgia de las horas pide con frecuencia a Dios que renueve en nuestro tiempo los prodigios de Pentecostés. En la oración colecta de esta fiesta ruega así: "Oh Dios, que en el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia en todos los pueblos y naciones, difunde los dones del Espíritu hasta los confines de la tierra y continúa hoy, en la comunidad de los creyentes, los prodigios que operaste en los comienzos del Evangelio". (Cfr. para todo este tema Domenico Grasso, "Los Carismas en la Iglesia", Cristiandad, Madrid, 1984).
Estas palabras de la Iglesia resuenan en todos los que han sido llamados a la Renovación carismática con un eco inconfundible. Sus corazones se sienten en sintonía total con todas las palabras citadas de los sucesores de San Pedro y de la Liturgia, palabras todas ellas las más autorizadas de las que en este tema se pueden pronunciar. ¿Cómo no ver en la Renovación carismática el vehículo providencial que Dios ha suscitado para que todo esto se haga efectivo en su pueblo? ¿Cómo rechazar después de esto un florecimiento de carismas por doquier que devuelva a la Iglesia la frescura y juventud de su primera época?