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¿En qué basaban la credibilidad de la Iglesia? Según el Vaticano I, la
Iglesia es un perpetuo signo de credibilidad a causa de su unidad,
fecundidad, estabilidad y santidad. Esto mismo es lo que estudiamos
antes del Vaticano II en los tratados de apologética, sin el menor
atisbo en todos ellos de un aprecio consecuente de los carismas
extraordinarios, mencionados únicamente a título histórico. Una, santa,
católica y apostólica. Naturalmente, esto es una verdad preciosa de la
Iglesia pero, aparte de no excluir en absoluto otras manifestaciones
carismáticas, tiene la desventaja de que dado que otros hechos están
siempre ante nuestra vista, terminamos acostumbrándonos a ellos y dejan
de motivar la fe.
Una nueva época
¿Qué es lo que ha motivado un repentino e inesperado aprecio y resurgir
de los carismas extraordinarios? ¿Ha cesado de espantar el
sobrenaturalismo? Es evidente que en estas épocas pasadas había un gran
temor a equivocarse pero, por otra parte, la Iglesia, sometida también
a la influencia del despotismo de la razón ilustrada, acorralada por
críticas a veces rabiosas incluso contra los propios fundamentos de sí
misma, ha sentido el complejo de lo no racional, la vergüenza de tener
que expresarse en términos de sobrenaturalidad. Por eso, acorazó sus
murallas, se ha atrincherado en la estructura y ha caminado a la
defensiva con pies de plomo. El Vaticano II ha significado la toma de
posesión de sí misma, se ha hecho de nuevo consciente de sus propias
fuerzas ante el mundo y desde esa seguridad es capaz no sólo de
enfrentarse al mundo sino de ponerse a su servicio.
La Iglesia ha salido de la época de cristiandad y tiene que enfrentarse
a un mundo nuevo, secularizado, pagano y ateo. Ya no tiene los apoyos
legales e institucionales que le prestaban en otros momentos los
estados y tiene que abordar, para seguir siendo fiel a sí misma, un
mundo recalcitrante que ha buscado otros dioses como: la razón, el
humanismo, el progreso, la técnica. El mundo ha querido salvarse por sí
mismo, ha construido sus torres de Babel y se ha encontrado con un
estrepitoso y sangrante fracaso, con dos guerras mundiales y asesinatos
en masa, que dieron al traste con todas las ilusiones humanistas. El
existencialismo dio expresión a este fracaso hablando de náusea, asco,
desesperanza y angustia vital. El hombre es un imposible, un ser para
la nada y una pasión inútil.
Estas expresiones han sido experiencias vivas en varias generaciones y
de ahí ha surgido la búsqueda de unos nuevos contenidos de salvación.
El hombre siempre se resistirá a morir.
Vivencia fenomenológica
Hay un tema que para mí es muy querido y me da la clave para entender y
disfrutar muchas cosas de la Renovación. Se trata de la filosofía
fenomenológica. Una chiquilla de 14 años le dice a su padre con aplomo:
"No voy a la iglesia porque la misa no me dice nada". Otro joven te
cuenta que le aburren las clases, la catequesis... "¿Dios? Me parece un
rollo todo lo que oigo sobre él". En cierta ocasión estaba una sobrina
mía de unos 17 años con su abuela, que no podía ya moverse de casa. La
muchacha le preguntó: "Abuela, ¿usted no se aburre?" "Pero, hija, le
respondió, eso de aburrirse es una cosa vuestra. Yo nunca oí esa
palabra hasta que tuve por lo menos cincuenta años. Antes nunca nos
aburríamos ni se hablaba de eso".
Yo estaba allí cuando sucedió este diálogo. Me impresionó esta
respuesta. No sé si es verdad o mentira lo que decía esta abuela. Lo
que sé es que vivimos en un mundo en que se valoran sobre todo las
experiencias, las vivencias. Necesito tener vivencia de las cosas, de
lo contrario como si no existieran para mí. Dios, o es una experiencia
en mí o no me interesa. No me valen las razones, los grandes
principios. Hoy, a nadie le interesa la verdad en abstracto, a la gente
le interesa tu verdad, tu experiencia de las cosas, tu testimonio. Si
habla un sacerdote preciosidades teóricas sobre las cosas más divinas,
a nadie le interesa nada. Empieza verdaderamente a interesar cuando a
través de las palabras se capta una experiencia vivida. El hombre que
trasmite fe llega a la gente.
Antes había que ir a misa porque la misa es una cosa objetivamente
buena. A la gente se la educaba en una serie de principios, normas y
estructuras válidas en sí mismas. Hoy las objetividades no motivan a
nadie. La gente quiere experimentarlo todo y cuando hay un vacío de
experiencias positivas se cae en la experiencia negativa del
aburrimiento. Nuestra época es capaz de la más grande experiencia
mística, pero también de otras experiencias tan desoladoras y
degeneradoras como la de la droga o autodestrucción.
Esta es la filosofía básica del siglo XX. En ella hemos crecido casi
sin darnos cuenta. Este talante vivencial es capaz de proporcionarnos
sufrimientos interiores como tal vez ninguna otra época de la historia
los ha tenido; pero también es capaz de abrirnos a un mundo de
posibilidades de experiencias bellas. Para muchos, por ejemplo, la más
bella de todas las experiencias es la de Dios, vivenciado a través de
la Renovación carismática. La filosofía de nuestro tiempo ha
posibilitado mucho la vivencia de una religión experimental. En ella,
Dios ha dejado de ser una abstracción y se ha hecho vida. Dios se ha
transformado en una persona y es con las personas donde se tienen
verdaderamente las vivencias. Dios se ha convertido en un Jesús vivo,
resucitado, real, experimentado por su Espíritu.
Talante carismático
Por eso, hoy vivimos en una época del Espíritu. El Espíritu es el
aliento de Dios, la acción de Dios, la energía de Dios, el amor de Dios
actuando en nosotros. El Espíritu es la experiencia de Dios viva. Hoy
apenas se puede predicar una religión de objetividades, normas y
verdades. Ni la recitación del credo motiva fuertemente a la gente.
Todo esto hay que pasarlo por una vivencia personal, hay que
experimentarlo. Por eso, el Espíritu se ha hecho presente en medio de
su pueblo. Ahora no podemos llegar a Dios por medio de ideas y
doctrinas sino por medio de Espíritu y de experiencia.
La Renovación carismática ha recogido el más hondo aliento filosófico
de nuestra época, que es un aliento vital y le ha hecho religioso y le
ha puesto en comunicación con Dios. En ella Dios se hace sensible al
corazón y entra de nuevo en la perspectiva y el horizonte humano. El
Evangelio deja de ser una dogmática y se hace pueblo y vida y surgen de
nuevo los milagros. Escuchas a la gente compartir testimonios y
experiencias que son vida y hacen a Dios muy cercano. En otras épocas
el Señor tenía sus caminos y métodos para llegar a la gente, según los
aspectos culturales de cada momento; ahora el Espíritu se ha hecho
coetáneo y nos habla con el lenguaje que mejor entendemos, que es el de
las experiencias. Hace un rato hablaba de que han vuelto los carismas
extraordinarios a la Iglesia. ¿Cómo no? No sólo se dan, se necesitan en
la entraña del ser de este hombre del siglo XX. Necesitamos los
carismas, que son signo de una presencia viva y consoladora de Dios.
Necesitamos una presencia viva y consoladora de Jesucristo, que no nos
la da ninguna doctrina. Necesitamos ver que se levanta un paralítico en
medio de la asamblea, que alguien proféticamente ilumina un hecho
torturador de tu pasado, necesitamos palabras de conocimiento,
necesitamos una fe nueva que se desembarace de tantos tabúes y ponga a
la razón y a su ilustrado espíritu en su sitio. El nuevo talante
carismático, eclesial, se basa en un bello fruto del Espíritu, que a
veces es carisma y se llama fe. No es exactamente la fe teologal. Es la
fe que mueve las montañas. Es una disposición interior que sólo puede
provenir del Espíritu por la que se está presto a creer que Dios lo
puede hacer todo en este momento, aquí y ahora. Esta fe es una forma de
mirar la vida, que hace absolutamente concreta y detallada la
esperanza. Esta fe provoca una forma de orar viva y sentida. Esta fe
hace que una asamblea perciba al Espíritu de Jesús resucitado casi
físicamente. Esta fe nos proporciona la actitud interior necesaria para
que suceda el milagro. La fe es, pues, un carisma pasivo, tan
importante para que suceda el signo como el carisma del sanador.
Yo soy plenamente consciente de que esta fe puede degenerar en
credulidades y en mil aberraciones; pero también soy consciente de que
la mayor aberración es que no exista. Y es que esta fe es la crema de
la tarta. Generalmente los miedos a estas cosas provienen de trasteros
no habitados por el Espíritu. El Espíritu, el verdadero Espíritu, lo
hace todo muy sencillo y acepta a cada uno como es, preserva la paz y
unge sus acciones con elegancia y sobriedad. ¡Qué bella es una oración
de sanación cuando va creciendo esta fe y se va sintiendo la presencia
de Dios como algo real!
Pero, por lo demás, por si alguno continúa con sus miedos, sepa que la
Renovación carismática clama por sus pastores. Necesita pastores. Este
mismo vivir en el filo y en la cresta de la ola de la fe da sentido a
la función del obispo, requiriendo un discernimiento inspirado.
Igualmente reclama el ministerio del sacerdote, el cual, al dar y al
darse, recibe mucho más puesto que se le da un pueblo vivo. Un
sacerdote sin pueblo es como un médico sin enfermos.
Testimonio de los Papas
San Juan Crisóstomo decía con nostalgia que la Iglesia de su tiempo se
parecía a una bella dama, envejecida por el paso de los años, que había
perdido no sólo el adorno de sus joyas y brillantes sino hasta las
ganas de arreglarse y ponerse guapa. Este hombre, al no encontrar
salida al problema, lo único que se le ocurrió decir fue que la tal
dama ya no necesita pulseras ni joyas.
En la Iglesia del siglo XX, sin embargo, a partir del Vaticano II ha
soplado otro Espíritu. Son precisamente los Papas los que primero y
mejor han formulado esta necesidad de nuestro pueblo. Esta necesidad es
uno de los grandes signos de nuestro tiempo. Juan XXIII, en vísperas
del Vaticano II, dirigía al Espíritu Santo una plegaria en la que le
decía que renovara "en nuestra época, como en un nuevo Pentecostés, sus
maravillas" (AAS. 54,13). Ahora nos parece normal que un Papa haga eso
pero, sin embargo, Juan XXIII rompía de esa forma con una tradición de
más de quince siglos. Pablo VI, poco después, continuaba en la misma
línea: "La condición del hombre presupone que el prodigio de
Pentecostés continúe en la historia de la Iglesia y del mundo, y ello
en su doble modalidad, a saber: como don del Espíritu Santo, concedido
a los hombres para santificarlos (gracia santificante); y también como
manifestación del Espíritu, para enriquecerlos con prerrogativas
especiales (gracias gratis datae) o carismas, en orden al bien del
prójimo y especialmente de la comunidad de los fieles. Hoy se habla
mucho de esto y, aún teniendo en cuenta la complejidad y delicadeza del
tema, no podemos por menos dejar de celebrar que Dios conceda todavía a
su pueblo una abundancia, no sólo de gracia, sino también de carismas
(Insegnamenti di Paolo VI, XII,938).
En su exhortación sobre la alegría cristiana aludiendo a la expresión
"Nuevo Pentecostés" de Juan XXIII que acabamos de citar, decía que
deseaba situarse en la misma perspectiva y en la misma expectación. Y
esto, "no porque Pentecostés haya dejado de ser actual a lo largo de
toda la historia de la Iglesia, sino porque son tan grandes las
necesidades y los peligros de este siglo, tan amplios los horizontes de
una humanidad volcada hacia la coexistencia mundial pero impotente para
realizarla, que para ella no hay salvación más que en una nueva efusión
del don de Dios. Que el Espíritu Santo descienda para renovar la faz de
la tierra" (Op.Cit. XIII,471).
Sigue Pablo VI: "Sería maravilloso que el Señor tuviera a bien derramar
de nuevo sus carismas en abundancia para hacer capaz a la Iglesia de
despertar y sacudir al mundo profano y secularizado" (Ibidem,
XIII,939). Bellamente en otra audiencia dijo: "Es necesario orar para
que venga ese soplo oxigenante del Espíritu...capaz de suscitar
carismas dormidos, de infundir ese sentido de vitalidad y gozo que, en
todas las épocas de la historia, hace que su Iglesia sea joven y
actual, que esté dispuesta a anunciar con alegría a los tiempos nuevos
su eterno mensaje" (Ib. XI,1224).
Finalmente es de notar que la Iglesia actual ha tomado conciencia, no
sólo en la palabra de su cabeza visible, de la necesidad de una
intervención extraordinaria del Espíritu. La Liturgia de las horas pide
con frecuencia a Dios que renueve en nuestro tiempo los prodigios de
Pentecostés. En la oración colecta de esta fiesta ruega así: "Oh Dios,
que en el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia en todos los
pueblos y naciones, difunde los dones del Espíritu hasta los confines
de la tierra y continúa hoy, en la comunidad de los creyentes, los
prodigios que operaste en los comienzos del Evangelio". (Cfr. para todo
este tema Domenico Grasso, "Los Carismas en la Iglesia", Cristiandad,
Madrid, 1984).
Estas palabras de la Iglesia resuenan en todos los que han sido
llamados a la Renovación carismática con un eco inconfundible. Sus
corazones se sienten en sintonía total con todas las palabras citadas
de los sucesores de San Pedro y de la Liturgia, palabras todas ellas
las más autorizadas de las que en este tema se pueden pronunciar. ¿Cómo
no ver en la Renovación carismática el vehículo providencial que Dios
ha suscitado para que todo esto se haga efectivo en su pueblo? ¿Cómo
rechazar después de esto un florecimiento de carismas por doquier que
devuelva a la Iglesia la frescura y juventud de su primera época?
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