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Las técnicas de evangelización son buenas pero ni las más
perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La
preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente
nada sin Él. Sin Él, la dialéctica más convincente es impotente sobre
el espíritu de los hombres. Sin Él, los esquemas más elaborados sobre
bases sociológicas o sicológicas se revelan pronto desprovistas de todo
valor.
Nosotros vivimos en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu.
Por todas partes se trata de conocerlo mejor, tal como lo revela la
Escritura. Uno se siente feliz de estar bajo su moción. Se hace
asamblea en torno a Él. Quiere dejarse conducir por Él.
Ahora bien, si el Espíritu de Dios ocupa un puesto eminente en la vida
de la Iglesia, actúa todavía mucho más en su misión evangelizadora. No
es una casualidad que el gran comienzo de la evangelización tuviera
lugar la mañana de Pentecostés, bajo el soplo del Espíritu.
Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la
evangelización: Él es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio
y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la
Palabra de salvación. Pero se puede decir igualmente que Él es el
término de la evangelización: solamente Él suscita la nueva creación,
la humanidad nueva a la que la evangelización debe conducir, mediante
la unidad en la variedad que la misma evangelización querría provocar
en la comunidad cristiana. A través de Él, la evangelización penetra en
los corazones, ya que Él es quien hace discernir los signos de los
tiempos -signos de Dios- que la evangelización descubre y valoriza en
el interior de la historia.
El Sínodo de los Obispos de 1974, insistiendo mucho sobre el puesto que
ocupa el Espíritu Santo en la evangelización, expresó asimismo el deseo
de que pastores y teólogos - y añadiríamos también los fieles marcados
con el sello del Espíritu en el Bautismo - estudien profundamente la
naturaleza y la forma de acción del Espíritu en la evangelización de
hoy en día. Este es también nuestro deseo, al mismo tiempo que
exhortamos a todos y cada uno de los evangelizadores a invocar
constantemente con fe y fervor al Espíritu Santo y a dejarse guiar
prudentemente por Él como inspirador decisivo de sus programas, de sus
iniciativas, de su actividad evangelizadora".
Al releer estos textos no puedo evitar una acción de gracias al Señor
desde el corazón de la propia Renovación carismática. Uno está
absolutamente convencido de que es el mismo Espíritu el que ha
suscitado e inspirado ambas cosas. Llevo 18 largos años evangelizando
desde que conocí la Renovación, profundamente compenetrado con estas
palabras de Pablo VI. En mi condición de dominico predicador este tema
para mí es básico. Tengo que dar testimonio de que todo lo que dice el
Papa no lo aprendí en sus palabras, sino en una experiencia directa
sacada de la Renovación. Teóricamente ya lo sabía antes. Vitalmente lo
he tenido que aprender como aprenden las cosas los niños. La
actualización que la Renovación ha hecho en mi espíritu en este tema de
la evangelización y el Espíritu Santo me hace estar en consonancia
total con todo lo que el Concilio y los Papas enseñan actualmente sobre
el Espíritu Santo y sus carismas. Agradezco, sobre todo, haber
aprendido de una manera vital todas estas cosas en una comunidad viva,
donde el Espíritu Santo se hace presente haciendo Iglesia, suscitando
carismas de toda clase, presididos todos ellos por el vínculo del amor
y la caridad. Una comunidad que quien la conozca sabe que está
perfectamente sancionada por las enseñanzas del Magisterio que hemos
mencionado
La Renovación y el Magisterio
La Renovación no ha sentido nunca una necesidad especial de ser
aprobada oficialmente por el magisterio de la Iglesia. Para que una
asociación religiosa sea aprobada necesita presentar unos fines, unos
estatutos y estructuras de funcionamiento y unas personas fundadoras
que garanticen la autenticidad y viabilidad de su proyecto ya en
rodaje. Pero la Renovación no ha nacido de la voluntad de ningún hombre
ni de la coherencia y actualidad de algún plan pastoral. La Renovación
ni tiene fundador ni ha sido proyectada por nadie. Surgió en
apariencias espontáneamente pero en realidad suscitada por la acción
invisible del Espíritu, que va multiplicando los grupos de oración, a
veces con poquitas personas y muy pobres, a lo largo y ancho del mundo.
Es una forma distinta y extraña de nacer. Por eso mismo no es
contemplada en el Derecho canónico ni está dentro de algún elenco
estructural de la Iglesia. Y como la Renovación es vida ha sentido la
urgencia de la vida, no la de estructurarse encuadrándose en contextos
legales.
Sólo al ir surgiendo grupos y grupos con el mismo Espíritu y las mismas
características, la Renovación se ha hecho consciente de que forma un
conjunto que en realidad constituye una potencia fáctica dentro de la
Iglesia. Entonces ha sentido no sólo la necesidad de coordinarse y
relacionarse sino también la de integrarse plenamente en la vida total
de la Iglesia para ser discernida y pastoreada por los pastores de la
propia Iglesia. Siempre he sentido que es instintivo en la Renovación
la necesidad de conectar con la Iglesia, con los pastores y obispos,
invitándoles a los grupos y asambleas. Este instinto es sobrenatural y
brota de un don de piedad muy desarrollado, siendo propio de ese don la
coherencia religiosa. Este hecho siempre lo he visto como una prueba
fehaciente del Espíritu que habita en la Renovación. Jamás hemos vivido
hasta ahora, al menos en España, la más mínima tentación de autonomía,
de crítica o de rechazo. Nunca se han constatado tendencias
separatistas, ni siquiera contestatarias sino de fermento y unidad.
Sin embargo, la Renovación ha tenido que sufrir el peso de cierta
orfandad. No podemos decir que haya sido acogida ni por obispos ni
sacerdotes con los brazos abiertos, salvas sean como es natural algunas
excepciones. Tampoco ha sido rechazada con modales agresivos y rigor
fundamentalista, salvas sean también en este caso las excepciones. En
los largos años que formé parte del equipo de coordinación nacional he
experimentado siempre prevención, suspicacia y expectativa, incluso
entre los obispos, un poco perdidos ante la novedad emergente de un
fenómeno un tanto extraño. La gran mayoría de los clérigos ha marcado
conscientemente distancias. De ahí que muchos pequeños grupos vegeten
semi perdidos por esos pueblecitos sin un crecimiento adecuado por
falta de apoyo, sobre todo en la línea de la predicación y enseñanza.
Por una parte cierta desconfianza es natural y no creo que haya
producido acritud en nadie y, por otra, le ha venido bien a la
Renovación para no ser fácilmente asimilada y diluida, dándole tiempo
así para profundizar en los contenidos que el Espíritu quiere trasmitir
a través de ella.
Pablo VI.
Sin embargo, la voz de Roma ha sonado siempre con acento de cariño y
acogida. Puedo testificar en primera persona que cuando yo mismo he
sido encargado de conectar con algún obispo para que presidiera o
actuara en las asambleas nacionales, en ocasiones me he encontrado con
serias dificultades. En cambio, siempre ha sido consolador escuchar en
los congresos internacionales de la Renovación la voz del Papa, siempre
acogedora, alentadora, motivadora. A veces me he preguntado: ¿de dónde
le vendrá al Papa el talante tan positivo que ha tenido con la
Renovación? Si no nos puede conocer...
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