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jueves, 13 de diciembre de 2007
Índice del Artículo
La Renovación Carismática
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Las técnicas de evangelización son buenas pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin Él. Sin Él, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin Él, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o sicológicas se revelan pronto desprovistas de todo valor.
Nosotros vivimos en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu. Por todas partes se trata de conocerlo mejor, tal como lo revela la Escritura. Uno se siente feliz de estar bajo su moción. Se hace asamblea en torno a Él. Quiere dejarse conducir por Él.
Ahora bien, si el Espíritu de Dios ocupa un puesto eminente en la vida de la Iglesia, actúa todavía mucho más en su misión evangelizadora. No es una casualidad que el gran comienzo de la evangelización tuviera lugar la mañana de Pentecostés, bajo el soplo del Espíritu.
Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: Él es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvación. Pero se puede decir igualmente que Él es el término de la evangelización: solamente Él suscita la nueva creación, la humanidad nueva a la que la evangelización debe conducir, mediante la unidad en la variedad que la misma evangelización querría provocar en la comunidad cristiana. A través de Él, la evangelización penetra en los corazones, ya que Él es quien hace discernir los signos de los tiempos -signos de Dios- que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia.
El Sínodo de los Obispos de 1974, insistiendo mucho sobre el puesto que ocupa el Espíritu Santo en la evangelización, expresó asimismo el deseo de que pastores y teólogos - y añadiríamos también los fieles marcados con el sello del Espíritu en el Bautismo - estudien profundamente la naturaleza y la forma de acción del Espíritu en la evangelización de hoy en día. Este es también nuestro deseo, al mismo tiempo que exhortamos a todos y cada uno de los evangelizadores a invocar constantemente con fe y fervor al Espíritu Santo y a dejarse guiar prudentemente por Él como inspirador decisivo de sus programas, de sus iniciativas, de su actividad evangelizadora".
Al releer estos textos no puedo evitar una acción de gracias al Señor desde el corazón de la propia Renovación carismática. Uno está absolutamente convencido de que es el mismo Espíritu el que ha suscitado e inspirado ambas cosas. Llevo 18 largos años evangelizando desde que conocí la Renovación, profundamente compenetrado con estas palabras de Pablo VI. En mi condición de dominico predicador este tema para mí es básico. Tengo que dar testimonio de que todo lo que dice el Papa no lo aprendí en sus palabras, sino en una experiencia directa sacada de la Renovación. Teóricamente ya lo sabía antes. Vitalmente lo he tenido que aprender como aprenden las cosas los niños. La actualización que la Renovación ha hecho en mi espíritu en este tema de la evangelización y el Espíritu Santo me hace estar en consonancia total con todo lo que el Concilio y los Papas enseñan actualmente sobre el Espíritu Santo y sus carismas. Agradezco, sobre todo, haber aprendido de una manera vital todas estas cosas en una comunidad viva, donde el Espíritu Santo se hace presente haciendo Iglesia, suscitando carismas de toda clase, presididos todos ellos por el vínculo del amor y la caridad. Una comunidad que quien la conozca sabe que está perfectamente sancionada por las enseñanzas del Magisterio que hemos mencionado
La Renovación y el Magisterio
La Renovación no ha sentido nunca una necesidad especial de ser aprobada oficialmente por el magisterio de la Iglesia. Para que una asociación religiosa sea aprobada necesita presentar unos fines, unos estatutos y estructuras de funcionamiento y unas personas fundadoras que garanticen la autenticidad y viabilidad de su proyecto ya en rodaje. Pero la Renovación no ha nacido de la voluntad de ningún hombre ni de la coherencia y actualidad de algún plan pastoral. La Renovación ni tiene fundador ni ha sido proyectada por nadie. Surgió en apariencias espontáneamente pero en realidad suscitada por la acción invisible del Espíritu, que va multiplicando los grupos de oración, a veces con poquitas personas y muy pobres, a lo largo y ancho del mundo. Es una forma distinta y extraña de nacer. Por eso mismo no es contemplada en el Derecho canónico ni está dentro de algún elenco estructural de la Iglesia. Y como la Renovación es vida ha sentido la urgencia de la vida, no la de estructurarse encuadrándose en contextos legales.
Sólo al ir surgiendo grupos y grupos con el mismo Espíritu y las mismas características, la Renovación se ha hecho consciente de que forma un conjunto que en realidad constituye una potencia fáctica dentro de la Iglesia. Entonces ha sentido no sólo la necesidad de coordinarse y relacionarse sino también la de integrarse plenamente en la vida total de la Iglesia para ser discernida y pastoreada por los pastores de la propia Iglesia. Siempre he sentido que es instintivo en la Renovación la necesidad de conectar con la Iglesia, con los pastores y obispos, invitándoles a los grupos y asambleas. Este instinto es sobrenatural y brota de un don de piedad muy desarrollado, siendo propio de ese don la coherencia religiosa. Este hecho siempre lo he visto como una prueba fehaciente del Espíritu que habita en la Renovación. Jamás hemos vivido hasta ahora, al menos en España, la más mínima tentación de autonomía, de crítica o de rechazo. Nunca se han constatado tendencias separatistas, ni siquiera contestatarias sino de fermento y unidad.
Sin embargo, la Renovación ha tenido que sufrir el peso de cierta orfandad. No podemos decir que haya sido acogida ni por obispos ni sacerdotes con los brazos abiertos, salvas sean como es natural algunas excepciones. Tampoco ha sido rechazada con modales agresivos y rigor fundamentalista, salvas sean también en este caso las excepciones. En los largos años que formé parte del equipo de coordinación nacional he experimentado siempre prevención, suspicacia y expectativa, incluso entre los obispos, un poco perdidos ante la novedad emergente de un fenómeno un tanto extraño. La gran mayoría de los clérigos ha marcado conscientemente distancias. De ahí que muchos pequeños grupos vegeten semi perdidos por esos pueblecitos sin un crecimiento adecuado por falta de apoyo, sobre todo en la línea de la predicación y enseñanza. Por una parte cierta desconfianza es natural y no creo que haya producido acritud en nadie y, por otra, le ha venido bien a la Renovación para no ser fácilmente asimilada y diluida, dándole tiempo así para profundizar en los contenidos que el Espíritu quiere trasmitir a través de ella.
Pablo VI.
Sin embargo, la voz de Roma ha sonado siempre con acento de cariño y acogida. Puedo testificar en primera persona que cuando yo mismo he sido encargado de conectar con algún obispo para que presidiera o actuara en las asambleas nacionales, en ocasiones me he encontrado con serias dificultades. En cambio, siempre ha sido consolador escuchar en los congresos internacionales de la Renovación la voz del Papa, siempre acogedora, alentadora, motivadora. A veces me he preguntado: ¿de dónde le vendrá al Papa el talante tan positivo que ha tenido con la Renovación? Si no nos puede conocer...