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La primera vez que un Papa dirigió su palabra directamente a la
Renovación carismática fue el día 10 de octubre de 1973 en
Grottaferrata con ocasión de la Primera Conferencia Internacional de
Dirigentes. Asistieron unos 120. En esta ocasión el Papa Pablo VI habló
con cariño, pero aún con cierta prevención:
"Nos alegramos con vosotros, queridos amigos, y estamos sumamente
interesados en lo que estáis haciendo. Hemos oído hablar tanto sobre lo
que sucede entre vosotros... y nos regocijamos. Tenemos muchas
preguntas que haceros pero no hay tiempo.
No olvidéis que la vida espiritual ha sido confiada a los pastores de
la Iglesia, para que la mantengan intacta y ayuden a desarrollarla en
todas las actividades de la comunidad cristiana. La vida espiritual
está, pues, bajo la responsabilidad pastoral activa de cada obispo en
su propia diócesis. Esto es particularmente oportuno recordarlo en
presencia de estos fenómenos de renovación que suscitan tantas
esperanzas. Por otra parte, aún en las mejores experiencias de
renovación, la cizaña puede mezclarse con el grano bueno. Haremos
oración para que seáis llenos de la plenitud del Espíritu y viváis en
su alegría y su santidad. Pedimos vuestra oración y os recordaremos en
la Misa".
Al año siguiente, 1974, apareció un libro sobre la Renovación del
Cardenal Suenens: "¿Un nuevo Pentecostés?" No cabe duda que este libro
impactó al Papa. Lo mencionó explícitamente en un discurso al Sínodo de
los Obispos que estaban reunidos en Roma: "El Espíritu Santo cuando
viene otorga dones. Conocemos ya los siete dones del Espíritu Santo.
Pero concede también otros dones que ahora se llaman... bueno, ahora...
siempre, se llaman carismas. ¿Qué quiere decir carisma? Quiere decir
don. Quiere decir gracia. Son gracias particulares dadas a uno para
otro, para que haga el bien. Uno recibe el carisma de la sabiduría para
que llegue a ser maestro, y recibe el don de milagros para que pueda
realizar actos que, a través de la maravilla y la admiración, llamen a
la fe, etc.
Hoy se habla mucho de ello y, habida cuenta de la complejidad y la
delicadeza del tema, no podemos sino augurar que vengan estos dones y
ojalá que con abundancia. Que además de la gracia haya carismas que
también hoy la Iglesia de Dios pueda poseer y obtener. Citaremos un
libro que ha sido escrito precisamente en este tiempo por el Cardenal
Suenens, que se titula "Une nouvelle Pentecôte?" Él describe y
justifica esta expectativa (hablando de la Renovación) que puede ser
realmente una providencia histórica en la Iglesia, de una mayor efusión
de gracias sobrenaturales que se llaman carismas".
Para celebrar el año santo, se reunieron en Roma, en mayo de 1975, diez
mil peregrinos pertenecientes a la Renovación carismática. Les
acompañaron dos cardenales y diez obispos. El Papa Pablo VI habló
largamente en francés, inglés, español e italiano. Resumimos unos
párrafos de lo dicho en francés:
"El pasado mes de octubre dijimos en presencia de algunos de vosotros
que la Iglesia y el mundo necesitan más que nunca que "el prodigio de
Pentecostés se prolongue en la historia". En efecto, el hombre moderno,
embriagado por sus conquistas ha llegado a creer, para decirlo con
palabras del último Concilio, que "él es su propio fin, el único
artífice y demiurgo de su propia historia" (GS. 20,1). Desgraciadamente
¡para cuántos de quienes, por tradición, siguen profesando su
existencia y, por deber, siguen dándole culto, Dios se ha convertido en
algo ajeno a su vida!
Para un mundo así, cada vez más secularizado, no hay nada más necesario
que el testimonio de esta "renovación espiritual" que el Espíritu Santo
suscita hoy visiblemente en las regiones y ambientes más diversos. Las
manifestaciones de esta renovación son variadas: comunión profunda de
las almas, contacto íntimo con Dios en la fidelidad a los compromisos
asumidos en el Bautismo, en una oración a menudo comunitaria, donde
cada uno, expresándose libremente, ayuda, sostiene y fomenta la oración
de los demás, basado todo en su convicción personal, derivada no sólo
de la doctrina recibida por la fe, sino también de una cierta
experiencia vivida, a saber, que sin Dios el hombre nada puede, y que
con Él, por el contrario, todo es posible; de ahí esa necesidad de
alabarle, darle gracias, celebrar las maravillas que obra por doquier
en torno nuestro y en nosotros mismos.
La existencia humana encuentra su relación con Dios, la llamada
"dimensión vertical", sin la cual el hombre está irremediablemente
mutilado. No es que esta búsqueda de Dios se muestre como un deseo de
conquista o de posesión: esta búsqueda quiere ser pura acogida a Aquél
que nos ama y se nos entrega libremente deseando, porque nos ama,
comunicarnos una vida que hemos de recibir gratuitamente de Él, pero no
sin humilde fidelidad por nuestra parte. Entonces esta "renovación
espiritual", ¿cómo no va a ser una "suerte" (posibilidad, oportunidad)
para la Iglesia y para el mundo? Y, en este caso, "¿cómo no adoptar
todos los medios para que siga siéndolo?"
Juan Pablo II.
El 11 de diciembre de 1979 el Papa Juan Pablo II recibió en audiencia
especial al Cardenal José Suenens y a los miembros del Consejo de la
Oficina internacional de la Renovación carismática. La audiencia, que
tuvo una hora y media de duración, comenzó con la proyección de un
documental sobre la Renovación. Cuando terminó la proyección el Papa
dijo:
"Gracias. Ha sido una expresión de fe. Sí, el canto, las palabras, los
gestos. Es... ¿cómo decirlo? Es una revolución de expresión vital. Esta
dimensión expresiva de la fe estaba ausente. Esta dimensión de la fe
era reducida, sí, inhibida, muy escasa. Este movimiento está ya en
todas partes. También en Polonia, aunque allí es menos expresivo"
Y siguió el Papa con los siguientes comentarios:
"Este es mi primer encuentro con vosotros, católicos carismáticos.
Permitidme, antes de nada, explicar mi propia vida carismática: Yo
siempre he pertenecido a esta renovación en el Espíritu Santo. Cuando
estaba en la escuela, con doce o trece años, a veces tenía dificultades
con los estudios, en particular con las matemáticas. Mi padre me dio un
libro de oración, lo abrió en una página y me dijo: aquí tienes la
oración del Espíritu Santo. Debes decir esta oración todos los días de
tu vida. Yo he permanecido obediente a esta orden de mi padre desde
hace casi 50 años.
Esta fue mi primera iniciación espiritual, de manera que puedo entender
lo relacionado con los diferentes carismas. Todos ellos son parte de la
riqueza del Señor. Estoy convencido de que este movimiento es un signo
de su acción. El mundo necesita mucho de esta acción del Espíritu Santo
y de muchos instrumentos para llevarlo a cabo. La situación en el mundo
es muy peligrosa. El materialismo se opone a la verdadera dimensión del
poder humano, todas las diversas clases de materialismo. El
materialismo es una negación de lo espiritual y es por esto por lo que
necesitamos la acción del Espíritu Santo. Ahora yo veo este movimiento,
esta actividad por todas partes. En mi país he visto una presencia
especial del Espíritu Santo. A través de esta acción el Espíritu Santo
viene al espíritu humano, y desde ese momento empezamos nuevamente a
vivir, a encontrarnos nosotros mismos, a encontrar nuestra identidad,
nuestra total humanidad. De manera que estoy convencido de que este
movimiento es un muy importante componente de la total renovación, de
esta renovación espiritual de la Iglesia".
Son muchas las veces que Juan Pablo II ha hablado directamente a la
Renovación carismática. No es necesario citar más textos para no hacer
este recorrido demasiado prolijo. Termino con unas palabras que el Papa
actual dirigió a la Sexta Conferencia internacional de Dirigentes,
celebrada en Roma en mayo de 1987:
"En la paz y el gozo del Espíritu Santo os doy la bienvenida a todos
vosotros, llegados a Roma de todos los países del mundo. Estoy muy
contento de recibiros hoy y, para empezar, quiero aseguraros que
vuestro amor por Cristo y vuestra apertura ante el Espíritu de la
verdad son un testimonio muy valioso en la misión de la Iglesia en el
mundo.
En este año se cumple el vigésimo aniversario de la Renovación
carismática católica. El vigor y la fecundidad de la Renovación
atestiguan ciertamente la poderosa presencia del Espíritu Santo que
actúa en la Iglesia, en estos años posteriores al Concilio Vaticano II.
Por supuesto, el Espíritu ha guiado a la Iglesia en todos los tiempos,
produciendo una gran variedad de dones entre los fieles. A causa del
Espíritu, la Iglesia conserva una permanente vitalidad juvenil, y la
Renovación carismática es una elocuente manifestación de esta vitalidad
hoy, una expresión vigorosa de lo que "el Espíritu está diciendo a las
iglesias" (Ap, 2,7) cuando nos acercamos al final del segundo milenio".
Oportunidad ecuménica
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