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jueves, 13 de diciembre de 2007
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La Renovación Carismática
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La primera vez que un Papa dirigió su palabra directamente a la Renovación carismática fue el día 10 de octubre de 1973 en Grottaferrata con ocasión de la Primera Conferencia Internacional de Dirigentes. Asistieron unos 120. En esta ocasión el Papa Pablo VI habló con cariño, pero aún con cierta prevención:
"Nos alegramos con vosotros, queridos amigos, y estamos sumamente interesados en lo que estáis haciendo. Hemos oído hablar tanto sobre lo que sucede entre vosotros... y nos regocijamos. Tenemos muchas preguntas que haceros pero no hay tiempo.
No olvidéis que la vida espiritual ha sido confiada a los pastores de la Iglesia, para que la mantengan intacta y ayuden a desarrollarla en todas las actividades de la comunidad cristiana. La vida espiritual está, pues, bajo la responsabilidad pastoral activa de cada obispo en su propia diócesis. Esto es particularmente oportuno recordarlo en presencia de estos fenómenos de renovación que suscitan tantas esperanzas. Por otra parte, aún en las mejores experiencias de renovación, la cizaña puede mezclarse con el grano bueno. Haremos oración para que seáis llenos de la plenitud del Espíritu y viváis en su alegría y su santidad. Pedimos vuestra oración y os recordaremos en la Misa".
Al año siguiente, 1974, apareció un libro sobre la Renovación del Cardenal Suenens: "¿Un nuevo Pentecostés?" No cabe duda que este libro impactó al Papa. Lo mencionó explícitamente en un discurso al Sínodo de los Obispos que estaban reunidos en Roma: "El Espíritu Santo cuando viene otorga dones. Conocemos ya los siete dones del Espíritu Santo. Pero concede también otros dones que ahora se llaman... bueno, ahora... siempre, se llaman carismas. ¿Qué quiere decir carisma? Quiere decir don. Quiere decir gracia. Son gracias particulares dadas a uno para otro, para que haga el bien. Uno recibe el carisma de la sabiduría para que llegue a ser maestro, y recibe el don de milagros para que pueda realizar actos que, a través de la maravilla y la admiración, llamen a la fe, etc.
Hoy se habla mucho de ello y, habida cuenta de la complejidad y la delicadeza del tema, no podemos sino augurar que vengan estos dones y ojalá que con abundancia. Que además de la gracia haya carismas que también hoy la Iglesia de Dios pueda poseer y obtener. Citaremos un libro que ha sido escrito precisamente en este tiempo por el Cardenal Suenens, que se titula "Une nouvelle Pentecôte?" Él describe y justifica esta expectativa (hablando de la Renovación) que puede ser realmente una providencia histórica en la Iglesia, de una mayor efusión de gracias sobrenaturales que se llaman carismas".
Para celebrar el año santo, se reunieron en Roma, en mayo de 1975, diez mil peregrinos pertenecientes a la Renovación carismática. Les acompañaron dos cardenales y diez obispos. El Papa Pablo VI habló largamente en francés, inglés, español e italiano. Resumimos unos párrafos de lo dicho en francés:
"El pasado mes de octubre dijimos en presencia de algunos de vosotros que la Iglesia y el mundo necesitan más que nunca que "el prodigio de Pentecostés se prolongue en la historia". En efecto, el hombre moderno, embriagado por sus conquistas ha llegado a creer, para decirlo con palabras del último Concilio, que "él es su propio fin, el único artífice y demiurgo de su propia historia" (GS. 20,1). Desgraciadamente ¡para cuántos de quienes, por tradición, siguen profesando su existencia y, por deber, siguen dándole culto, Dios se ha convertido en algo ajeno a su vida!
Para un mundo así, cada vez más secularizado, no hay nada más necesario que el testimonio de esta "renovación espiritual" que el Espíritu Santo suscita hoy visiblemente en las regiones y ambientes más diversos. Las manifestaciones de esta renovación son variadas: comunión profunda de las almas, contacto íntimo con Dios en la fidelidad a los compromisos asumidos en el Bautismo, en una oración a menudo comunitaria, donde cada uno, expresándose libremente, ayuda, sostiene y fomenta la oración de los demás, basado todo en su convicción personal, derivada no sólo de la doctrina recibida por la fe, sino también de una cierta experiencia vivida, a saber, que sin Dios el hombre nada puede, y que con Él, por el contrario, todo es posible; de ahí esa necesidad de alabarle, darle gracias, celebrar las maravillas que obra por doquier en torno nuestro y en nosotros mismos.
La existencia humana encuentra su relación con Dios, la llamada "dimensión vertical", sin la cual el hombre está irremediablemente mutilado. No es que esta búsqueda de Dios se muestre como un deseo de conquista o de posesión: esta búsqueda quiere ser pura acogida a Aquél que nos ama y se nos entrega libremente deseando, porque nos ama, comunicarnos una vida que hemos de recibir gratuitamente de Él, pero no sin humilde fidelidad por nuestra parte. Entonces esta "renovación espiritual", ¿cómo no va a ser una "suerte" (posibilidad, oportunidad) para la Iglesia y para el mundo? Y, en este caso, "¿cómo no adoptar todos los medios para que siga siéndolo?"
Juan Pablo II.
El 11 de diciembre de 1979 el Papa Juan Pablo II recibió en audiencia especial al Cardenal José Suenens y a los miembros del Consejo de la Oficina internacional de la Renovación carismática. La audiencia, que tuvo una hora y media de duración, comenzó con la proyección de un documental sobre la Renovación. Cuando terminó la proyección el Papa dijo:
"Gracias. Ha sido una expresión de fe. Sí, el canto, las palabras, los gestos. Es... ¿cómo decirlo? Es una revolución de expresión vital. Esta dimensión expresiva de la fe estaba ausente. Esta dimensión de la fe era reducida, sí, inhibida, muy escasa. Este movimiento está ya en todas partes. También en Polonia, aunque allí es menos expresivo"
Y siguió el Papa con los siguientes comentarios:
"Este es mi primer encuentro con vosotros, católicos carismáticos. Permitidme, antes de nada, explicar mi propia vida carismática: Yo siempre he pertenecido a esta renovación en el Espíritu Santo. Cuando estaba en la escuela, con doce o trece años, a veces tenía dificultades con los estudios, en particular con las matemáticas. Mi padre me dio un libro de oración, lo abrió en una página y me dijo: aquí tienes la oración del Espíritu Santo. Debes decir esta oración todos los días de tu vida. Yo he permanecido obediente a esta orden de mi padre desde hace casi 50 años.
Esta fue mi primera iniciación espiritual, de manera que puedo entender lo relacionado con los diferentes carismas. Todos ellos son parte de la riqueza del Señor. Estoy convencido de que este movimiento es un signo de su acción. El mundo necesita mucho de esta acción del Espíritu Santo y de muchos instrumentos para llevarlo a cabo. La situación en el mundo es muy peligrosa. El materialismo se opone a la verdadera dimensión del poder humano, todas las diversas clases de materialismo. El materialismo es una negación de lo espiritual y es por esto por lo que necesitamos la acción del Espíritu Santo. Ahora yo veo este movimiento, esta actividad por todas partes. En mi país he visto una presencia especial del Espíritu Santo. A través de esta acción el Espíritu Santo viene al espíritu humano, y desde ese momento empezamos nuevamente a vivir, a encontrarnos nosotros mismos, a encontrar nuestra identidad, nuestra total humanidad. De manera que estoy convencido de que este movimiento es un muy importante componente de la total renovación, de esta renovación espiritual de la Iglesia".
Son muchas las veces que Juan Pablo II ha hablado directamente a la Renovación carismática. No es necesario citar más textos para no hacer este recorrido demasiado prolijo. Termino con unas palabras que el Papa actual dirigió a la Sexta Conferencia internacional de Dirigentes, celebrada en Roma en mayo de 1987:
"En la paz y el gozo del Espíritu Santo os doy la bienvenida a todos vosotros, llegados a Roma de todos los países del mundo. Estoy muy contento de recibiros hoy y, para empezar, quiero aseguraros que vuestro amor por Cristo y vuestra apertura ante el Espíritu de la verdad son un testimonio muy valioso en la misión de la Iglesia en el mundo.
En este año se cumple el vigésimo aniversario de la Renovación carismática católica. El vigor y la fecundidad de la Renovación atestiguan ciertamente la poderosa presencia del Espíritu Santo que actúa en la Iglesia, en estos años posteriores al Concilio Vaticano II. Por supuesto, el Espíritu ha guiado a la Iglesia en todos los tiempos, produciendo una gran variedad de dones entre los fieles. A causa del Espíritu, la Iglesia conserva una permanente vitalidad juvenil, y la Renovación carismática es una elocuente manifestación de esta vitalidad hoy, una expresión vigorosa de lo que "el Espíritu está diciendo a las iglesias" (Ap, 2,7) cuando nos acercamos al final del segundo milenio".
Oportunidad ecuménica