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miércoles, 12 de diciembre de 2007
Índice del Artículo
El Arrepentimiento
Página 2
 
 
Dos doctrinas básicas profundas
Al avanzar hacia la unción del Espíritu Santo, estimado cristiano, quiero que conversemos acerca de dos doctrinas básicas que son tan profundas que estremecerían al planeta, y hasta el universo entero. Tienen que ver con el arrepenti­miento y la sangre de Cristo, los cuales, desde luego, van de las manos.


EL ARREPENTIMIENTO
 
El arrepentimiento es el primer paso hacia el recibimiento de la unción, no importa en que nivel estés.
Ahora, puedo oír voces de protesta: “¡Pero ya yo me he arrepentido; he nacido de nuevo!”
A que ya hayas nacido de nuevo, digo: “¡ Aleluya!” Al pensamiento de que por ello ya el arrepentimiento es cosa del pasado y no tienes más que pensar en ello, digo: “¡de ninguna manera!”

Permíteme comenzar citando Hechos 2:38, que sigue al poderoso sermón de Pedro a los incrédulos en Jerusalén en el día de Pentecostés. El poder del Espíritu Santo había caído sobre ciento veinte de los seguidores de Jesús, y este milagro se había manifestado de varias maneras, especialmente en el revestimiento de poder sobre la predicación de Pedro.

La Biblia dice que los oyentes estaban “compungidos de corazón” por el mensaje y preguntaron: “¡Qué haremos?” Pedro contestó:

Arrepentios, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados,.y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.

“Arrepentios y bautícese”, dijo. Ahora, mira el versículo que ha sido tan vital en mi enseñanza acerca de La unción del Espíritu Santo: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos ... hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

Así que, tenemos la promesa de poder después de la venida del Espíritu Santo.
Espíritu. Unción. Poder. Y todos vienen después del arrepentimiento.

Y, ¿para qué es? “Me seréis testigos”. Esto es impor­tante. Recibes el poder para hablar a las personas acerca de Jesucristo. No vas a decirle al mundo cómo eres, cuán grande te has vuelto, cuán miserable pecador eras. No, les hablarás acerca de tu Gran Sumo Sacerdote, acerca de tu Gran Rey, acerca de tu maravilloso Salvador cuyo nombre es Jesús. Les dirás lo que Él puede hacer con una vida que está vacía.
Puedo oír los murmullos nuevamente: “¿Qué quieres decir? ¡No se me da el poder para hablar acerca de mi experiencia, mi testimonio?” No. El Espíritu Santo no glori­fica lo que tu has experimentado. El trae a Jesucristo al centro. El muestra al mundo lo que Jesús ha experimentado para que tú puedas ir al cielo, no lo que tú has hecho para llegar allí.

“Me seréis testigos” --quién es Jesús, qué ha hecho Jesús, que ha dicho Jesús, que ha prometido Jesús.
 
Amados, yo he cometido todos esos errores, no hablo solamente de los demás. Antes de mi encuentro con la vida real y el poder real en Pittsburgh hace dieciocho años, asistí a Iglesias donde el ruido y el bullicio era tal que ellos obvia­mente pensaron que aquello era poder. Todos tenían una pandereta. Aparentemente pensaron que la pandereta atraía al Espíritu Santo. Todo lo que encontré fue que me estaba secando en La vid; no tenía vida dentro de mí. Me ponía de pie en una iglesia y apretaba el espaldar del banco hasta que la sangre cesaba de circular en mis dedos. Cada domingo iba al altar y lloraba y rogaba a Dios que me diera el poder que veía prometido en la Biblia. Hacia que todo el que tenia algo impusiera las manos sobre mí. Me quedaba en mi cuarto tocando la pandereta. Probaba todas las fórmulas, leía todo Libro y escuchaba todo programa radial.