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miércoles, 12 de diciembre de 2007
Índice del Artículo
Perdonar para sanar
"PERDONAR"
Página 3
 
 
PERDONAR PARA SANAR

El odio enferma y el perdón sana. Esta es la gran verdad que todos debemos tener presente en nuestra con­ducta. Solamente en la medida en que perdonemos de Corazón, esto es, en la medida en que lleguemos a amar al que nos ha ofendido, sanarán nuestras heridas ínti­mas.
Pero esto no es posible sin la acción del Espíritu del Señor en nosotros. Sólo El puede capacitamos para realizar el anhelo de San Francisco de Asís: “que donde haya odio, ponga yo amor


Lo primero que se requiere para esto es que descubra­mos todo el odio que hay acumulado en nosotros a lo largo de nuestra vida. Que sepamos en realidad a quien odiamos y en qué grado. Y esto no es fácil porque muchas veces creemos que amamos a las personas porque vivimos con ellas, las respetamos, les prestamos servicios, oramos por sus intenciones; y sin embargo guardamos resentimientos muy profundos porque nos han rechaza­do muchas veces.

Dediquemos el tiempo que sea necesario para clasificar y determinar las personas contra las cuales tenemos resentimientos.

Empecemos por Dios Nuestro Señor.
No estamos re­sentidos con El
¿porque creemos que no nos ama como a los demás?
¿Porque ha permitido tal o cual pena?
¿por­que no ha atendido aparentemente la súplica que le he­mos hecho por tal o cual intención?

Hay más resenti­miento contra Dios en muchas personas del que cree­mos. Por eso vemos tantas actitudes negativas en el cam­po de la fe y de la oración, y por eso también oímos a veces en los cristianos ciertas expresiones contra Dios que son verdaderas blasfemias.
Encontramos este resentimiento particularmente en personas que han perdido un ser querido en circunstan­cias muy dolorosas; en quienes padecen una enfermedad larga y penosa; en quienes sufren por una calumnia gra­ve o por un trato muy injusto; en quienes padecen los ri­gores de la pobreza, de la incomprensión o del abandono.

Cada día descubro en mi ministerio la necesidad que tienen muchas personas de reconciliarse con el Señor por quien experimentan un profundo resentimiento. Y es en este campo donde comienza la acción salvifica del Espíritu Santo pues El da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios y a El gritamos: Abbá, Pa­dre! (Rom. 8,15-16).

La luz del Espíritu Santo nos va descubriendo la ma­ravilla de la Paternidad amorosísima de Dios y nos hace ver en todos los acontecimientos expresiones del amor de Dios, siempre adorable. Una luz nueva se proyecta so­bre los acontecimientos y empezamos a alabar al Señor y a expresarle nuestra gratitud por su misericordia. Así se sana esta terrible enfermedad que nos impide disfru­tar de la Paternidad de Dios y abandonarnos confiada­mente en su Providencia.

En este proceso de sanación del odio tenemos tam­bién que perdonarnos. Hemos acumulado más odio contra nosotros mismos del que suponemos. Defectos personales, fracasos, el trato recibido en el hogar y fuera de él y otras causas nos han llevado a crear una imagen perso­nal muy mala. Así es imposible que nos amemos y que miremos el futuro con optimismo.

Los resultados de este autorrechazo son funestos y llevan a la autoconmiseración la que pronto desemboca en la depresión. El autorrechazo aviva el fuego de la rebelión en nuestros corazones contra todo y contra to­dos. Esto sucede más, ahora, cuando vivimos en una so­ciedad cuyo ambiente es la rebeldía. También crea un exagerado interés por las cosas materiales y por el placer como única compensación del fracaso interior que se ex­perimenta. Estas personas nunca saborearán la vida del Espíritu, ni el amor de Dios mientras no se contemplen en El y reciban la gracia de amarse tales como el Señor las hizo y no descubran con la luz del Espíritu sus valo­res y sus grandes posibilidades.

Sólo cuando nos miremos en el rostro de Dios podre­mos cambiar nuestra mala imagen personal por una dig­na de un hijo de Dios.
En la medida en que establezcamos una relación per­sonal con Dios a través de la oración mejoraremos nues­tra imagen y aprenderemos a apreciarnos y a amamos. Poco a poco aprenderemos a alabar al Señor por todo y a descubrir su amor en todos los acontecimientos.