Inicio  
 
Menú principal
Inicio
Fundación
Nuestra Comunidad
Predicación semanal
Fundamentos de Nuestra fe
Crecimiento Espiritual
Temas de Interes
Oración
El Director
La Renovación Carismática
Testimonios
Enlaces Recomendados
Eventos
Descargar Audio y Diapositivas
Contáctenos
Registro de Usuario





¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí
Actualidad
Meditación Dominical
Evangelio del dia
Santo del dia
ZENIT RSS-Newsfeed
 

Sin perdón no hay sanación interior PDF Imprimir E-Mail
Calificación del usuario: / 6
MaloBueno 
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Índice del Artículo
Sin perdón no hay sanación interior
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Página 7
EL PERDON, COLUMNA VERTEBRAL
DE LA SANACION INTERIOR.

Orar por sanación interior es ante todo permitir a Jesús que visite todos aquellos lugares de nuestra vida en que hemos si­do heridos. Ya hemos hablado de ello: muy a menudo, a la base de toda herida hay un problema de perdón. Es, pues, un problema espiritual. A la raíz de un cáncer, por ejemplo, hay a menudo un asunto de perdón o de culpabilidad.


Conviene buscar el origen de esta culpabilidad, buscar el momento en que ella nació y por qué. Generalmente nos encontramos frente a una herida remachada.
¿Y qué entendemos por herida remachada? Supongamos, por ejemplo, que yo no fui un hijo deseado. En mi nacimiento, mis pa­dres, faltos de espacio y de medios materiales, no pudieron tener­me en casa. Me confiaron a mis abuelos. En ese momento sufrí una herida muy fuerte de abandono. A la edad de tres años me tra­jeron de vuelta a casa. Mis padres, al igual que mis hermanos, me eran extraños. Esto fue una nueva herida de abandono. Pero tuve también el sentimiento de haber sido abandonado por mis abue­los: otra herida de abandono. En seguida, me envían a un pensio­nado: también herida de abandono. De este modo, acumulándo­se, las heridas me van agravando.

Un enfermo de este tipo puede tomar muchos caminos psico­lógicos que no lo conducirán a ninguna sanación, porque en el fondo de él mismo hay un gran perdón que tendría que dar. Y si este perdón no se da, es imposible volver a encontrar la paz consigo mismo, con el prójimo y con Dios.

Orar por sanación interior es vol­ver sobre todos estos sucesos que han herido al ser humano, que lo han movido a ponerse una máscara tras otra, para responder a una sociedad que exige reaccionar de una determinada manera frente a una situación dada y responder a determinadas exigen­cias.

El ser humano es incapaz de esto. Tiene que jugar su papel en la casa, en el trabajo, en la sociedad. Hay diversas funciones so­ciales, como la de profesor, la de padre, la de sacerdote, la de policía, etc. Cada uno de nosotros se cree obligado a adoptar una cierta manera de obrar, ciertas actitudes, ciertas maneras de vestirse, en función del rol que está llamado a desempeñar. Somos grandes actores. No nos resulta fácil ejercer nuestra libertad frente a noso­tros mismos, frente a los otros y frente a Dios.

Para mí, el fruto de la sanación interior es hacernos hijos de Dios. El hijo de Dios es un ser libre. Porque la libertad es uno de los grandes atributos de Dios. Si yo no soy libre como hijo de Dios, hago mentir mi condición de tal. Si Dios es libre, sus hijos están lla­mados a llegar también a serlo.
Gracias a la sanación interior llegaremos a no tener miedo de nada, a sentirnos bien en nuestra piel, a ser nosotros mismos. No porque hayamos emprendido una terapia psicológica, sino porque habremos descubierto un Cristo siempre viviente que no cesa de amarnos.

Y si caemos, será un accidente. Después de una caída, siem­pre es posible levantarnos y volver a comenzar, porque se ha sido perdonado. A menos que se caiga por caer, por mezquindad.
Muchas personas dicen que no tienen nada que perdonar o que ya han perdonado. Pero, de hecho, cuando se ora por ellas, uno constata que están bloqueadas frente al perdón.

Alguien decía: “Yo he perdonado, pero no olvido”. ¡Cu­riosa manera de perdonar! ¡Es cómico! Mucha gente dice que está en paz, que no tiene rencor contra nadie, y esto no es cierto.
El perdón es lo más asombroso en el ministerio de sanación in­terior. En la base de cada herida hay un perdón que dar o recibir.

Me atrevería a decir que hasta ahora el problema del perdón ha sido mal comprendido.

Es verdadero incluso dentro de la Iglesia. Y esto no es una críti­ca, sino una constatación. A través de mi ministerio he tenido oca­sión suficiente de darme cuenta de que no se sabe cómo perdo­nar. La gente se imagina haber perdonado cuando está, en cam­bio, impregnada  de falta de perdón. Basta con mirar a todos esos enfermos: ellos están enfermos por el hecho de que su organismo ya no puede soportar todo el odio y el rencor acumulados durante años.
El perdón no se sitúa en el nivel de los sentimientos. Es esencial comprender esto. Cuando le digo a alguien que es importante para él perdonar, me responde que es incapaz de hacerlo. Yo le res­pondo que eso es verdad, que dejado así mismo él no puede per­donar a nadie. ¿Cómo llegar a perdonar tan sólo con nuestras fuerzas? ¡Sólo lograremos enfermarnos más!

Es con Cristo como debemos entrar en actitud de perdón. Esa es la única manera de perdonar.

Ciertas personas dicen que quisieran perdonar, pero que ello sería una actitud hipócrita de su parte. ¿Por qué? Una vez más, el perdón no se sitúa en el nivel de los sentimientos. Estos cons­tituyen un estrato inferior del ser humano. Yo no los desprecio, porque ellos tienen su importancia y su valor. ¡Pero el perdón depende de la voluntad! Yo debo tomar la decisión de perdonar y  pedir a Jesús que venga a penetrar y a fortalecer con su presencia las decisiones que acabo de tomar. Y hay que hacerlo todos los días y no tan sólo una vez de pasada. Porque somos sumamente complicados y lentos para comprender...

En definitiva, ¿qué es el perdón?

El perdón es el fruto de una gracia. Tan sólo la gracia de Dios puede hacernos capaces de entrar en una actitud de perdón.

Fue al profundizar en mi propio caso como pude hacer muchos descubrimientos a propósito de la sanación interior. Si hablo pro­fusamente de mi historia personal, es porque este ministerio exige mucha discreción cuando se trata de otros. Cuando alguien me entrega su testimonio por escrito, puedo hablar. Si no, me callo. Esta es la única razón por la que es preferible que hable de lo que yo mismo he vivido.

En lo que respecta al perdón, he descubierto que se sitúa a cuatro niveles:

1.  El perdón que debo dar a los demás
2.  El perdón que debo darme a mí mismo.
3.  El perdón que debo dar a Dios.
4. El perdón que se debe pedir a los demás

Veamos algunos ejemplos que nos permitirán descubrir la realidad de cada uno de estos niveles del perdón:

1º.- Una señorita que pensaba que no odiaba a nadie y que por lo tanto no tenía nada que perdonar a los demás, nos dice:

cuando descubrí por primera vez que debía perdonar a los otros, este descubrimiento fue dramático para mí, porque yo pen­saba antes que no tenía nada que perdonar a nadie. Pensaba que estaba en paz. Sin duda, yo tenía pequeños problemas, pero no dificultades grandes respecto de mi prójimo.