|
Página 1 de 7
EL PERDON, COLUMNA VERTEBRAL
DE LA SANACION INTERIOR.
Orar por sanación interior es ante todo permitir a Jesús que visite todos aquellos lugares de nuestra vida en que hemos sido heridos. Ya hemos hablado de ello: muy a menudo, a la base de toda herida hay un problema de perdón. Es, pues, un problema espiritual. A la raíz de un cáncer, por ejemplo, hay a menudo un asunto de perdón o de culpabilidad.
Conviene buscar el origen de esta culpabilidad,
buscar el momento en que ella nació y por qué. Generalmente nos
encontramos frente a una herida remachada.
¿Y qué entendemos por herida remachada? Supongamos, por ejemplo, que yo
no fui un hijo deseado. En mi nacimiento, mis padres, faltos de
espacio y de medios materiales, no pudieron tenerme en casa. Me
confiaron a mis abuelos. En ese momento sufrí una herida muy fuerte de
abandono. A la edad de tres años me trajeron de vuelta a casa. Mis
padres, al igual que mis hermanos, me eran extraños. Esto fue una nueva
herida de abandono. Pero tuve también el sentimiento de haber sido
abandonado por mis abuelos: otra herida de abandono. En seguida, me
envían a un pensionado: también herida de abandono. De este modo,
acumulándose, las heridas me van agravando.
Un enfermo de este tipo puede tomar muchos caminos psicológicos que no
lo conducirán a ninguna sanación, porque en el fondo de él mismo hay un
gran perdón que tendría que dar. Y si este perdón no se da, es
imposible volver a encontrar la paz consigo mismo, con el prójimo y con
Dios.
Orar por sanación interior es volver sobre todos estos sucesos que han
herido al ser humano, que lo han movido a ponerse una máscara tras
otra, para responder a una sociedad que exige reaccionar de una
determinada manera frente a una situación dada y responder a
determinadas exigencias.
El ser humano es incapaz de esto. Tiene que jugar su papel en la casa,
en el trabajo, en la sociedad. Hay diversas funciones sociales, como
la de profesor, la de padre, la de sacerdote, la de policía, etc. Cada
uno de nosotros se cree obligado a adoptar una cierta manera de obrar,
ciertas actitudes, ciertas maneras de vestirse, en función del rol que
está llamado a desempeñar. Somos grandes actores. No nos resulta fácil
ejercer nuestra libertad frente a nosotros mismos, frente a los otros
y frente a Dios.
Para mí, el fruto de la sanación interior es hacernos hijos de Dios. El
hijo de Dios es un ser libre. Porque la libertad es uno de los grandes
atributos de Dios. Si yo no soy libre como hijo de Dios, hago mentir mi
condición de tal. Si Dios es libre, sus hijos están llamados a llegar
también a serlo.
Gracias a la sanación interior llegaremos a no tener miedo de nada, a
sentirnos bien en nuestra piel, a ser nosotros mismos. No porque
hayamos emprendido una terapia psicológica, sino porque habremos
descubierto un Cristo siempre viviente que no cesa de amarnos.
Y si caemos, será un accidente. Después de una caída, siempre es
posible levantarnos y volver a comenzar, porque se ha sido perdonado. A
menos que se caiga por caer, por mezquindad.
Muchas personas dicen que no tienen nada que perdonar o que ya han
perdonado. Pero, de hecho, cuando se ora por ellas, uno constata que
están bloqueadas frente al perdón.
Alguien decía: “Yo he perdonado, pero no olvido”. ¡Curiosa manera de
perdonar! ¡Es cómico! Mucha gente dice que está en paz, que no tiene
rencor contra nadie, y esto no es cierto.
El perdón es lo más asombroso en el ministerio de sanación interior.
En la base de cada herida hay un perdón que dar o recibir.
Me atrevería a decir que hasta ahora el problema del perdón ha sido mal comprendido.
Es verdadero incluso dentro de la Iglesia. Y esto no es una crítica,
sino una constatación. A través de mi ministerio he tenido ocasión
suficiente de darme cuenta de que no se sabe cómo perdonar. La gente
se imagina haber perdonado cuando está, en cambio, impregnada de
falta de perdón. Basta con mirar a todos esos enfermos: ellos están
enfermos por el hecho de que su organismo ya no puede soportar todo el
odio y el rencor acumulados durante años.
El perdón no se sitúa en el nivel de los sentimientos. Es esencial
comprender esto. Cuando le digo a alguien que es importante para él
perdonar, me responde que es incapaz de hacerlo. Yo le respondo que
eso es verdad, que dejado así mismo él no puede perdonar a nadie.
¿Cómo llegar a perdonar tan sólo con nuestras fuerzas? ¡Sólo lograremos
enfermarnos más!
Es con Cristo como debemos entrar en actitud de perdón. Esa es la única manera de perdonar.
Ciertas personas dicen que quisieran perdonar, pero que ello sería una
actitud hipócrita de su parte. ¿Por qué? Una vez más, el perdón no se
sitúa en el nivel de los sentimientos. Estos constituyen un estrato
inferior del ser humano. Yo no los desprecio, porque ellos tienen su
importancia y su valor. ¡Pero el perdón depende de la voluntad! Yo debo
tomar la decisión de perdonar y pedir a Jesús que venga a penetrar y a
fortalecer con su presencia las decisiones que acabo de tomar. Y hay
que hacerlo todos los días y no tan sólo una vez de pasada. Porque
somos sumamente complicados y lentos para comprender...
En definitiva, ¿qué es el perdón?
El perdón es el fruto de una gracia. Tan sólo la gracia de Dios puede hacernos capaces de entrar en una actitud de perdón.
Fue al profundizar en mi propio caso como pude hacer muchos
descubrimientos a propósito de la sanación interior. Si hablo
profusamente de mi historia personal, es porque este ministerio exige
mucha discreción cuando se trata de otros. Cuando alguien me entrega su
testimonio por escrito, puedo hablar. Si no, me callo. Esta es la única
razón por la que es preferible que hable de lo que yo mismo he vivido.
En lo que respecta al perdón, he descubierto que se sitúa a cuatro niveles:
1. El perdón que debo dar a los demás
2. El perdón que debo darme a mí mismo.
3. El perdón que debo dar a Dios.
4. El perdón que se debe pedir a los demás
Veamos algunos ejemplos que nos permitirán descubrir la realidad de cada uno de estos niveles del perdón:
1º.- Una señorita que pensaba que no odiaba a nadie y que por lo tanto no tenía nada que perdonar a los demás, nos dice:
cuando descubrí por primera vez que debía perdonar a los otros, este
descubrimiento fue dramático para mí, porque yo pensaba antes que no
tenía nada que perdonar a nadie. Pensaba que estaba en paz. Sin duda,
yo tenía pequeños problemas, pero no dificultades grandes respecto de
mi prójimo.
|