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jueves, 20 de diciembre de 2007
Índice del Artículo
Como orar por la sanacion interior
Página 2
COMO ORAR POR LA SANACION INTERIOR
A solas con Jesús

Visualiza a Jesús junto a ti, consciente de que El es tu Salvador en el sentido más pleno. El desea tu felicidad verdadera y duradera, y la ha merecido ya para ti. Juntos vais a recorrer tu vida desde sus comienzos has­ta el presente.
Hay que hacerlo sin prisas, para que su gracia cale muy dentro y llegue hasta las raíces mismas de tus conflictos. Así podrá El escribir la Historia de Salvación en tu vida.


Si es preciso, puedes hacer esta oración en el curso de varios días, cubriendo en cada sesión una etapa o aspecto de tu vida. Las oraciones que aparecen en los numerales siguientes te pueden ser de una gran utilidad.
Al orar por la sanación de recuerdos tú vas reco­rriendo mentalmente y en cierto modo reviviendo, tu pasado.
Te detienes en aquellos incidentes que te han marcado más o traumatizado profundamente, y con los ojos del cora­zón ves a Jesús presente en cada uno de ellos. Desde tu pobreza le ofreces tus recuerdos y experiencias doloro­sas, tus temores, angustias, resentimientos, culpabilidad y otros conflictos emocionales; le presentas también las zonas vacías y conflictivas de tu vida.

Ofrécele todo con una confianza ilimitada en su po­der, con un abandono total en su bondad. Pide a Jesús que lave en su preciosa sangre cada uno de tus recuer­dos dolorosos; que sane por sus heridas tus propias he­ridas; que llene con su amor y su fuerza tu propio va­cío.
Trata de visualizar a Jesús que en ese momento recorre tu vida pasada limpiando y sanando heridas, rompiendo cadenas, llenando vacíos.
Todo lo que tú ofreces al Señor, él lo acepta de buen grado y lo trans­forma en gracia. «Sabemos que en todas las cosas in­terviene Dios para bien de los que le aman» (Rom 8,28).

Dile a Jesús que le amas y deseas amarle cada día más, amarle y servirle en sus hermanos necesitados.

Dos personas que participaban en un mismo retiro tuvieron un sueño parecido en su comienzo, pero dife­rente en su conclusión. Un hombre soñó que se acerca­ba a Jesús con un enorme cesto conteniendo las cargas y preocupaciones de su vida. Lo dejó a los pies del Señor para orar. Terminada la oración, se cargó con el mismo cesto y salió. Una niña soñó que se acercaba a Jesús con su cesto de problemas y preocupaciones, y lo depositaba a sus pies para orar. Mientras oraba vio có­mo Jesús tomaba su cesto y lo arrojaba al mar. No vol­vió a verlo.
Una vez que has ofrecido al Señor tu pasado y tus recuerdos penosos, déjalos en sus manos, No des demasiadas vueltas a lo pasado. En nombre de Jesús con­jura a tus miedos, angustias, resentimientos... a que no vuelvan a tu corazón. «Para ser libres nos libertó Cris­to. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nue­vamente bajo el yugo de la esclavitud» (Gal 5,1).
Jesús te libra de la esclavitud a un pasado poco feliz, y abre ante ti nuevos horizontes llenos de luz y de esperanza. Vive de cara al futuro.
«Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús. Así pues, todos los perfectos ten­gamos estos sentimientos. Desde el punto a donde hayamos llegado, sigamos adelante» (Fil 3,13-16).

Acepta en fe la presencia y la acción liberadora de Je­sús en tu vida, aún antes de sentir sus efectos. Dale gracias de corazón, canta y alaba su santo Nombre. La alabanza confirma y acelera el proceso de sanación.
Con un acompañante
Cuando necesitas sanación de recuerdos puedes compartir y orar con un acompañante, como los discí­pulos de Emaús. Dos discípulos de Jesús, tristes, abatidos, desorientados, se alejaban de Jerusalén y de la co­munidad, sin ilusión, sin esperanza. Su Maestro había muerto crucificado unos días antes; y ellos habían dado por perdida su causa. En el camino de Emaús se les juntó Jesús recién resucitado. «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais caminando tan tristes?» les pre­guntó (Lc 24,13-35).

Mientras le explicaban el motivo de su tristeza, ellos iban reviviendo su pasado; pero no solos. ¡Jesús estaba con ellos!
La presencia de Jesús que escucha con amor, que comparte la Palabra de Dios y explica el sentido del dolor, inicia en los discípulos un proceso de curación de recuerdos.
Cuando al fin de la jornada se les abren los ojos y reconocen al Salvador resucitado, se dan cuenta de lo sucedido y dicen: «¿No estaba ardiendo nuestro cora­zón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el cami­no?» Su tristeza y abatimiento se han disipado. De pronto se encuentran tan llenos de alegría, de ilusión y energía, que deciden volver aquella misma noche a Je­rusalén y compartir con la comunidad de discípulos su nueva fe en Jesús resucitado.

¡Cuántas veces se repite esta historia! Aunque invi­sible, Jesús resucitado acompaña a sus discípulos por los caminos de la vida, deseoso de aliviar sus cargas y sanar sus heridas.
Un modo de experimentar su acción sanadora es este: Toma un compañero y comparte con él, como lo harías con Jesús, algo que te preocupa. No es preciso que sea una persona de mucha experiencia; basta que tenga suficiente fe y amor para orar contigo. El Señor está presente en esa humilde confesión y ora­ción. El tiene muchas sorpresas para los que oran así.
Con un ministro o equipo Puedes orar con el apoyo de un ministro del Señor, de un servidor del Señor, o de un equipo de intercesión, que te ayude a presentar tus cargas al Señor.