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Cual es mi actitud respecto a la oracion? PDF Imprimir E-Mail
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jueves, 20 de diciembre de 2007
Índice del Artículo
Cual es mi actitud respecto a la oracion?
Página 2
¿CUÁL ES MI ACTITUD RESPECTO A LA ORACIÓN?

Una mirada objetiva sobre el mundo religioso de nuestros días, nos lleva a distinguir tres actitudes del hombre respecto a la oración:
- En primer lugar, la muchedumbre del pueblo sencillo, que no entiende de teorías, ni tiene tiempo para escucharlas. El pueblo llano, en una inmensa mayoría reza: por necesidad, por inercia, por temor, por tradición o por folklore; pero frecuenta la oración de súplica.
Son muchísimos los que no se acuerdan de rezar al levantarse; pero no son tantos los que no rezan algo al acostarse.


El pueblo sencillo, sigue rezando a sus Cristos ensangrentados, a sus Vírgenes entrañables, a los Santos populares y “eficaces”.
Lo piden todo: el pan de cada día, el trabajo, la colocación, la vivienda, suerte en los negocios, la salud, las realizaciones sentimentales, la intervención milagrosa de Dios en apuros o enfermedades graves, la liberación de algún mal inminente, etc.

- Están, en segundo lugar, los que, de modo ordinario han abandonado la oración. Se excusan de que no tienen tiempo, de que ya reza su mujer o el párroco por ellos, pero que cuando se sienten al borde de una situación límite, personal o familiar, como una enfermedad agudísimna, graves problemas económicos, una situación humanamente insoluble, etc., entonces rezan con angustia, porque allí se acuerdan de que existe un Dios.

- Y están, en tercer lugar, los que desde su mundo intelectual, ganado por opiniones de escuela, desprecian la oración y la catalogan como residuos de épocas ya superadas, de ignorancia crasa, de primitivismo.
He aquí una serie de motivaciones en las que se apoyan y por las que se excusan los que han abandonado la oración:

1a. - La oración de petición? Eso es magia: una forma religiosa, propia de pueblos primitivos, con la que creían hacer fuerza a Dios. Afortunadamente, ha sido ya superada.
2a. - Rezar? Y para qué? El mundo está preso en la red de las leyes naturales, contra las que nada puede hacer la oración. Intentar detener, cambiar o romper dichas leyes, es pura ingenuidad infantil. Hay un determinismo universal al que todos estamos sujetos.
3a. - La oración no es más que la proyección psicológica de los deseos del propio subconsciente. Y algunos psicólogos argumentan:
El niño es, ante el mundo hostil que le rodea, pura fragilidad. Por eso busca cobijarse en alguien, pidiendo protección y ayuda: ese alguien es el padre (o la madre), a quien sublima el niño, creyendo que puede resolver todas sus impotencias.
Pues bien: el que reza hace rebrotar aquel lejano sentimiento infantil, cobijándose ahora en Dios. Dios es para él la sublimación del padre.
4a. - Para qué seguir rezando? Hemos entrado en una época post-religiosa. No necesitamos a Dios ni de él. El hombre se basta a sí mismo. Ha llegado a su mayoría de edad y ha tomado responsablemente en sus manos las riendas de su propio destino y las del mundo. Rezar supondría abrir la puerta a Dios, que se entrometería en el campo de las actividades propias del hombre.
5a. - Enseñar a rezar? Lo que hace falta es enseñar al pueblo, no a rezar, sino a trabajar, a luchar y a comprometerse. Para el cristiano de hoy, orar es luchar, comprometerse con el mundo nuevo; responsabilizarse social y políticamente; menos oración y más compromiso social y político.
6a. - Para qué rezar? Me parece más realista la actitud del que va a buscar al médico, que la de quien se queda rezando junto a la cama del enfermo grave. Para qué rezar? No seamos irresponsables pidiendo a Dios lo que debemos resolver nosotros.
7a. - No veo motivo para rezar. No lo ve Dios todo? No es nuestro Padre? No nos ama? Entonces, por qué ha de ser necesario que le pidamos nada?
8a. - Orar es puro egoísmo. Es suponer que Dios está dispuesto a supeditar los destinos del mundo, las leyes naturales, a los deseos, cuando no caprichos del que ora. Yo por eso no rezo.
En el fondo de todas estas excusas, late una gran cadena de crisis. Está en crisis la idea tradicional de Dios, la relación del hombre consigo mismo, con el universo en el cual se mueve y con la sociedad en la que vive.

Para el hombre actual, nacido en una cultura secularizada, tienen prioridad otros valores: la eficacia, lo útil, la creatividad, la ciencia, la prospectiva de futuro, etc. Por eso, se repite una y otra vez: arreglamos algo con rezar? Lo que importa es transformar el mundo.
El hombre moderno no entiende la oración gratuita. Urge que el cristiano revise su propia escala de valores, porque estamos tan preocupados por la eficacia, por la eficiencia, por la utilidad, que no nos cabe en la cabeza la presencia de un Dios gratuito, siempre amante y providente.

“La medida del hombre se ajusta a lo que él adora, y esta medida se le ha encogido al hombre actual hasta creerse a sí mismo un dios”.
Y, sin embargo, frente a estas excusas y realidades del hombre secular, hay un hecho de vida que es incontrovertible: Dios se hizo hombre, y el Dios Hombre oró. Oró por sí y por los demás. Oró al Padre como cualquiera de nosotros:
“Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como quieras Tú” ( Mateo 26,39).

“Padre Santo, cuida en tu Nombre a los que me has dado” (Juan 17,11).

“No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en Mí” (Juan 17,20).

Pero el Señor no solo ejercitó la oración de súplica, sino que cuando uno de sus discípulos le pidió que les enseñara a orar, puso en nuestros labios la oración de las siete peticiones, como en San Mateo, o las cinco, como en San Lucas:

El les dijo: Cuando oréis, decid:

“Padre, santificado sea tu Nombre
venga tu Reino,
danos cada día nuestro pan cotidiano
y perdónanos nuestros pecados
porque también nosotros
perdonamos a todo el que nos debe
y no nos dejes caer en tentación.