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A pesar de la simplicidad de las palabras expresadas por el Señor Jesús sobre la oración de petición, es de vital importancia que conozcamos algunas normas o reglas sin las cuales nuestra oración se hace intrascendente y pierde toda su efectividad y valor.
Nos dice el Apóstol Santiago: “No tenéis, porque no pedís” (Santiago 4,2).
En estas cinco palabras encontramos un importante
mensaje de Dios. Dos de las palabras son de una sola sílaba, y, por
cierto, son en realidad la misma palabra. Los dos verbos usados en ella
son los más frecuentes, probablemente en nuestra lengua: tener y pedir.
En cuanto a “porque” no hay que decir que es una de las palabras más
comunes. Y este mensaje, al parecer corto y corriente, contiene un
poder que ha transformado muchas vidas, y ha hecho de obreros
ineficaces poderosos adalides del poder divino.
Se encuentran
estas cinco palabras en Santiago 4,2 formando parte del final del
versículo: “Combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque
no pedís”.
Estas cinco palabras contienen el secreto de la pobreza y la impotencia del cristiano
corriente, del presbitero o del religioso(a) corriente, de la Iglesia corriente.
- “Por qué -pregunta más de un creyente- hago tan pocos progresos en mi vida espiritual?
Por qué tengo tan pocas victorias sobre el pecado?
Por qué crezco tan lentamente en mi semejanza al Señor Jesucristo?
Por qué vivo lleno de angustia, de desilusión, de temores?
Y Dios nos contesta con las palabras de nuestro texto: “porque olvidáis la Oración. No tienes porque no pides”.
- “Por qué -se pregunta más de un sacerdote o un religioso(a)- veo tan poco fruto en mi ministerio?
Por qué hay tan pocas conversiones verdaderas?
Por
qué reciben mis feligreses una ayuda tan paupérrima de mi presbiterado
, y son tan poco edificados en el conocimiento y vida cristiana?
Por qué hay tan pocas obras en mi vida religiosa?
Por qué no soy capaz de vivir lo que predico o lo que enseño?
Y otra vez el Señor contesta: “porque olvidáis la oración. No tienes porque no pides.”
-
Por qué -se pregunta la Iglesia- la Iglesia instituida por Jesucristo
hace unos progresos tan lentos en el mundo de hoy en día?
Por qué tiene tan poco poder contra el pecado, la incredulidad y el error en todas sus formas?
Por qué gana tan pocas victorias contra el demonio, el mundo y la carne?
Por qué el miembro normal de la Iglesia vive en un plano de espiritualidad tan bajo?
Por qué el Señor Jesucristo no recibe la honra, la gloria y la alabanza que debiera recibir de la Iglesia de hoy?
Y otra vez el Señor contesta: “Porque olvidáis la oración. No tienes porque no pides.”
Cuando
leemos la historia de la Iglesia primitiva, según nos lo cuenta San
Lucas (inspirado por el Espíritu Santo) en los Hechos de los Apóstoles,
qué es lo que encontramos? Encontramos una historia de victorias
constantes, de progreso continuo. Leemos, por ejemplo:
“Alababan
a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba
cada día a la comunidad a los que se habían de salvar.” (Hechos 2,47).
“Sin embargo, muchos de los que oyeron la Palabra creyeron; y el número de hombres llegó a unos cinco mil” (Hechos 4,4).
“Los creyentes cada vez en número mayor se adherían al Señor, una multitud de hombres y mujeres” (Hechos 5,14).
“La
Palabra de Dios iba creciendo; en Jerusalén se multiplicó
considerablemente el número de los discípulos, y multitud de sacerdotes
iban aceptando la fe” (Hechos 6,7).
Y así, capítulo por capítulo, siempre encontramos la misma nota de victoria.
Pero
cuán diferente es la historia de la iglesia presentada aquí, a la
Iglesia que se vive hoy en día. Por qué esta diferencia?. Muchos van a
contestar: “porque hay mucha oposición hoy”, pero se olvidan que
también había oposición entonces, y más decidida, más acérrima, más
persistente en relación a la que tenemos hoy.
Normalmente hoy no
nos matan porque decimos que somos cristianos. Y ante estos
acontecimientos la Iglesia primitiva no se amilanaba, superaba todos
los obstáculos, arrollaba todos los enemigos, y avanzaba siempre
victoriosa, desde Jerusalén a Roma, frente al paganismo y la
incredulidad.
Repetimos la pregunta: por qué?. Si volvemos a los capítulos a los que nos hemos referido hallaremos la respuesta.
Leamos,
por ejemplo, en Hechos 2,42: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los
Apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones”.
Esta es una descripción breve, pero muy elocuente de lo que era la
Iglesia primitiva.
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