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miércoles, 05 de diciembre de 2007
Índice del Artículo
Una mente enjuiciadora
"Temor santo"
Página 3
"El juzgar trae condenación"
Una mente enjuiciadora, crítica y suspicaz

No juzguéis, para que no seáis juzgados.  Mateo 7:1

Las actitudes enjuiciadoras, la crítica y la suspicacia causan mucho tormento en la vida de las personas. Estos enemigos destruyen multitud de relaciones. Una vez más, la mente es el campo de batalla.

Los pensamientos —tan sólo un “Yo pienso” — pueden ser las herramientas que emplea e diablo para mantener solitaria a una persona. A la gente no le gusta estar cerca de alguien que emite opiniones sobre todo.


Ej. Para ilustrar este punto te contaré que una vez conocí a una mujer cuyo esposo era un hombre de negocios muy rico. También era muy callado, y ella quería que él hablara más. El sabía muchísimo sobre muchas cosas. Pero no hablaba .  “Ya yo sé lo que sé”, le replicó él. “Trato de estarme callado y escuchar, para descubrir lo que otros saben”.

Me imagino que por eso precisamente era rico. ¡Era tan sabio. Poca gente se hace rica sin sabiduría. Y poca gente tiene a amigos sin usar la sabiduría en las relaciones.

Ser enjuiciador y expresar opiniones y críticas son formas seguras de ver evaporarse las relaciones. Por supuesto que Satanás quiere que tú y yo seamos rechazados y solitarios, así que nos ataca la mente en ese sentido.

Para definir el enjuiciar

Juicio: se define parcialmente como “una decisión dictada sobre las faltas de otros” y tiene referencia cruzada con el término “condenación”. De acuerdo con esta misma fuente, uno de los términos griegos traducido como juzgar se define en parte como “formar una opinión” y tiene referencia cru­zada con el término “sentencia”

Dios es el único que tiene derecho a condenar o sentenciar, por consiguiente, cuando juzgamos a otro, estamos en cierto  sentido, estableciéndonos como Dios en su vida.

Yo no sé tú, pero eso pone un poco de “temor de Dios” en mí.

La crítica, las opiniones y los juicios parecen estar todos emparentados, así que los comentaremos juntos como un gigantesco problema.

Yo era muy criticón porque siempre parecía capaz de ver lo que estaba mal en vez de lo que estaba bien.

La personalidad más melancó­lica o la controlada, a menudo ve primero lo que está mal; generalmente, la gente con este tipo de personalidad habla con los demás muy liberalmente de sus opiniones y puntos de vista negativos.

Nos gusta decirle a la gente lo que nosotros pensamos v ese es exactamente el problema: lo que yo pienso puede ser correcto para mí, pero no necesariamente para ti, y viceversa.

Todos sabemos, por supuesto, que “No robarás’ se aplica a todos, pero estoy hablando aquí de miles de cosas que podemos encontrarnos cada día, que no son por necesidad buenas ni malas, sino simplemente elecciones personales.

             a Dave siempre le gusta una cosa y. a mí otra. ¿Por qué? Simplemente porque somos dos personas diferentes. Su opinión es tan buena como la mía, y la mía tan buena como la de él; sólo son diferentes.

Me tomó años entender que nada andaba mal en Dave tan sólo porque él no estaba de acuerdo conmigo. Y desde luego, por lo regular le hacía saber que yo pensaba que algo estaba mal en él porque no tenía mi misma opinión. Obviamente mi actitud causaba mucha fricción entre nosotros y lastimaba nuestra relación.

El orgullo: Un “Yo” problema

“En virtud de la gracia que me fue dada, os digo a todos y a cada uno de vosotros: No os estiméis en más de lo que  conviene; tened más bien una sobria estima según la medida de la fe que otorgó Dios a cada cual”. (Romanos 12, 3)

Juzgar y criticar son el fruto de un problema más profundo: el orgullo. Cuando el “yo” en nosotros es mayor de lo que debe ser, siempre provocará esta clase de problemas de que estamos hablando. La Biblia nos advierte repetidamente que no seamos altaneros.

Cuando quiera que nos destaquemos en un aspecto, es sólo porque Dios nos ha dado un don de gracia para ello. Si somos arrogantes o tenemos una opinión exagerada de nosotros mismos, eso hace que miremos con desdén a otros y pense­mos que valen “menos que” nosotros.

Esta clase de actitud o modo de pensar es en extremo detestable para el Señor, y abre muchas puertas para el enemigo en nuestras vidas.