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miércoles, 05 de diciembre de 2007
Índice del Artículo
Por qué no cambiamos los cristianos
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¿Por qué no cambiamos los cristianos?
 
Simón, aquel pescador de temperamento impulsivo e inestable, tendría un nuevo nombre: “Cefas” o “Pedro”, que significa «piedra». Este hombre, al tiempo de ser llamado por el Señor y durante sus primeros años en el ministerio, tenía más semejanza a «un junco» que a «una piedra». Su temperamento cambiante, su fe inestable, poco tenían en común con la fortaleza y permanencia de una roca. Sin embargo, Jesús le dijo a Pedro con ojos de fe: «Tú no serás más un junco» (algo débil, que se dobla fácilmente, que se deja llevar por donde sopla el viento). Serás llamado «piedra» (que se relaciona con la firmeza, con la solidez). ¡Cuán maravilloso es que el Señor nos vea así! Él llama «las cosas que no son, como si fuesen» : “como dice la Escritura:
Te he constituido padre de muchas naciones: padre nuestro delante de Aquel a quien creyó, de Dios que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean”. (Romanos 4.17).
¿Cómo se cumple este proceso en nuestras vidas? ¿Cómo nos transformamos de un «junco» en una «piedra»? Deseo aclararlo, pues es bien importante.

Hablamos de un proceso en cada vida, de una relación personal con Dios. No creo en las transformaciones repentinas en términos absolutos. El hombre y la mujer de Dios no son transformados mediante cambios brus¬cos ni repentinos. Hay un proceso de transformación, de una relación.
Vemos ese proceso en una de las ilustraciones que Jesús tomó de la vida diaria en sus parábolas del creci¬miento del Reino. En la parábola del sembrador (Mateo 13) se ve claro que la revelación de Dios es progresiva. La semilla (la Palabra de Dios) debe caer en una tierra «buena», arada y preparada para recibirla. Luego la semilla a su tiempo muere, después se quiebra, más tarde surge la simiente de vida y al final se manifiesta el fruto. Nunca esto es instantáneo.
El crecimiento espiritual no se produce con la rapidez de la vida moderna. Vivimos en la época de la rapidez: café instantáneo, comidas al instante, celular, internet, etc.. Todo debe ser rápido. Pero en el camino de Dios, Él maneja los tiempos. No hay atajos. En el crecimiento espiritual, como en todo crecimiento, hay un proceso de madura¬ción. En el Reino de Dios no nacemos adultos, sino niños, y luego vamos creciendo como hijos bajo el cuidado de nuestro Padre celestial (Efesios 4,14-16; 1 Corintios 3,1; Hebreos 5,13-14; 1 Juan 1,12-13).
Ese proceso lo vemos ilustrado en la idea del barro en las manos del alfarero de Jeremías 18,1-6. Allí se nos indica que hay una relación de Dios con su pueblo, una obra que Dios realiza progresivamente. A través del Espíritu Santo, nos moldea conforme al modelo que es Jesucristo. No, no somos como la baratija, que es la imitación de una buena joya y no lleva mucho tiempo confeccionarla. Somos como el diamante, que tiene un largo proceso bajo tierra.
En mi caso esto ha sido muy lento. Quizás algunos crean que sí asisten a algún grupo, ceremonia o culto o si una persona les impone las manos, sus vidas cambiarán. Es probable que alguna vez sea así. No cabe duda de que Dios puede usar otros ministerios para completar la tarea que Él viene realizando en nuestros corazones. Pero en mi caso no. Tuve y tengo en este momento que atravesar largos tiempos de trato divino, de espera, de preparación y quebrantamiento que me están formando para la etapa que vivo hoy.
Sea cual fuere la etapa que atravesemos en nuestro caminar con el Señor, hay una diferencia sustancial entre estar llenos o no del Espíritu Santo.
Pedro tuvo un tiempo de caída, de derrota, y de inseguridad, pero Jesús les prometió a él y a los demás discípulos que recibirían poder cuando viniera sobre ellos el Espíritu Santo y que serían sus testigos. Esta promesa se hizo realidad en el aposento alto, cuando «de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les apa¬recieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándo¬se sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo» (Hechos 2,2-4). Esta experiencia gloriosa con el Espíritu Santo marcó su vida.
Pedro caminó con Jesús durante tres años. Vivió los momentos más gloriosos del ministerio del Señor. Vio cómo sanó a los ciegos y calmó la tormenta. Sin embargo, cuando tuvo que tomar una decisión pública por Cristo, lo negó. Pero cuando recibió la promesa en el aposento alto, la plenitud del Espíritu Santo lo capacitó para ser un testigo fiel.
La lección es clara. No cambiamos porque veamos milagros y maravillas, ni porque participemos en un hermoso grupo, oración o convivencia. Lo único que realmente influye en la transformación es el aposento alto: la experiencia personal con Cristo a través de su Espíritu Santo.
Debemos ir a donde está Cristo. Acudir a nuestro Salvador y Ayudador ha de ser el anhelo que surge de cada uno de nuestros corazónes. Así lo expresa el Salmo 42: «Mi alma tiene sed de Dios».
Estamos en este mundo para buscar de Cristo. Y el que nos lleva a su presencia porque lo conoce y está entre nosotros para glorificarlo es el Espíritu de Cristo.
El Señor Jesús, que por amor del Padre fue enviado a este mundo, ha derramado hoy esta lluvia tardía tal como fue prometido: «Y en los últimos días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne...» (Hechos 2.17). De esto quisiera hablarles en este día.

¿«ACOSTUMBRADOS» A LA GLORIA DE DIOS?

A partir de la década del 70, a través de la Renovación Carismática Católica en el Espíritu Santo, el Señor hizo a través del ministerio de grandes hombres de Dios, milagros que acompañaron a la predicación de la Palabra.
Pero con el tiempo, un gran peligro se fue perfilando. Muchos hermanos, después de esa década del ochenta y ya transitando en la del noventa, y ahora del 2000, luego de haber visto las manifestaciones sobrenaturales en la vida y el ministerio de muchos hombres, las personas reaccionan ahora de una forma diferente. Después de haber llorado ante las conversiones y milagros, de haber quedado noches enteras sin poder dormir, pensando en las multitudes que venían a los pies de Cristo, habían perdido el interés.
¿Por qué? Porque se habían o se han acostumbrado a lo sobrenatural.

Los cambios no se producen con sólo ver milagros y maravillas.
• No se produjeron en los soldados que fueron a arrestar a Jesús. Cuando hallaron al Señor cayeron a tierra frente al «Yo soy», pero luego se pusieron en pie y lo crucificaron (Juan 18,6). Esta es una tendencia muy antigua.